sábado, 24 de diciembre de 2011

In Memoriam, Arequipa, Perú, 15 de enero de 1894 - †Lima, Perú, 11 de enero de 1989

Discurso pronunciado por el Doctor José Luis Bustamante y Rivero, a nombre del Colegio de Abogados de Arequipa, por el fallecimiento de Víctor Andrés Belaunde.

Hay hombres cuyo paso por el mundo suscita una sensación de permanente plenitud: Lleno de lumbre el espíritu, colmada de eficacia la obra, rebosante de ejemplos la conducta, henchido de nobleza el corazón.

El hombre que aquí yace fue uno de ellos. Sin riesgo de redundancia, cabe decir que en Víctor Andrés Belaunde se daba un caso de plenitud integral, la cual, por lo que hace al tiempo, tuvo expresión en todas las épocas de su vida y, en lo que concierne el espacio, abarcaba con docto señorío los ilimitados dominios del pensamiento para encontrar en ellos un ámbito de dimensión universal. Examinemos estos dos aspectos de la plenitud de Belaunde.

Plenitud en el tiempo. Cuando joven, él mostraba junto al ímpetu de la sangre nueva la jugosa sapiencia de un espíritu en madurez. Y en sus años provectos, la carga de experiencia de los largos lustros vividos se vestía de la ágil ligereza de un magisterio juvenil. Era así Belaunde una especie de síntesis en cuyos crisoles se fundían los más preciosos atributos de juventud y de vejez, para transmitir a quienes le rodeaban la impresión inequívoca de un mago que ha detenido el tiempo con el designio de dar longevidad siempre lozana a su misión sobre la tierra. Por eso, la sorpresa de su muerte nos ha sumido en estupor: Nadie esperaba la extinción del recio anciano que día a día le ganaba batallas a la vida para sobrevivir en plenitud, sin rendirse jamás a la asechanza de las decadencias otoñales. Mas esa fue, precisamente, su postrera lección: acaba de legarnos el ejemplo de una vida tan plena, tan cabalmente plena, que hasta el último día estuvo consagrada con obstinado e incansable dinamismo al ejercicio de su humanísimo apostolado.

Plenitud en el espacio. Belaunde fue filósofo y jurista, historiador y sociólogo; buceaba con angustia en las nuevas técnicas nucleares para descubrir átomos de paz; su poderosa fantasía le hacía ser poeta y había en sus transportes oratorios destellos de creador. Lujosa pluralidad, en suma, de un ecumenismo enciclopédico. A través de ese mundo intelectual en que se movía, él creía en los altos destinos del hombre; y fascinado por esa perspectiva buscó en las instituciones ecuménicas del orbe un escenario fructuoso para sus ansias de acción. Docencia universitaria, diplomacia internacional, Iglesia son organismos universales dentro de cuyas órbitas se forjan los ideales de la juventud, el porvenir de las naciones y los supremos objetivos del alma. A todos esos campos, variados al parecer, pero coincidentes en su finalidad de superación humana dedicó Belaunde el ahínco impetuoso de su mente universalista y de su voluntad soñadora. Consagróse a ellos plenamente, integralmente, con la totalidad de su ser. “Maestro” le han llamado con unanimidad sin restricciones varias generaciones de peruanos y muchos extranjeros. En la Universidad Católica del Perú dictó cátedra dentro y fuera del aula con la sabiduría del pensador, con la versación del erudito, con el puritanismo de su conducta, con el acento fervoroso de su peruanidad. En certámenes y debates internacionales y muy particularmente en el seno de las Naciones Unidas puso su talento y su oratoria al servicio de la causa de la paz con la convicción de un apóstol y el arrastre convencido de un iluminado. Finalmente, como abanderado civil de la Iglesia Católica Peruana se hizo un teólogo laico para dar testimonio del mensaje de Cristo; y en su vida privada, la sinceridad de su catolicismo suscitó el respeto de los miembros de otras religiones. Practicó Belaunde, en una palabra, la plenitud de una trascendente acción social y humana, cifrada toda ella en su afán de depuración progresiva del hombre en sus aspectos educativo, cívico, comunitario y religioso.

Y hubo en él, todavía, otra forma de plenitud más íntima y modesta si se quiere, pero sentimentalmente más honda: la plenitud de su alegría interna en el campo privado de las relaciones humanas. Belaunde rebosaba optimismo y jovialidad. La fresca juventud de su espíritu practicaba el deleite de la conversación y manejaba magistralmente los resortes del humorismo. Poseía el don de DAR: se daba él mismo todo entero a los demás en la agudeza de su ingenio, en la finura de sus apostillas, en la delicada exteriorización de sus afectos. Era un millonario de generosidad que, sin ostentación ni apego por los bienes materiales, supo dilapidar sin tasa los caudales de su auténtica riqueza espiritual. Maravillosa plenitud de sembrador de sensaciones que infundía en sus amigos grandes y pequeños, pobres o afortunados, la ilusión bienhechora del goce de vivir.

El Perú debe mucho a Víctor Andrés Belaunde. Su deuda para con él es inconmensurable porque él le donó valores no susceptibles de cotización. Valores intangibles pero excelsos de probidad moral, de ejemplaridad sobresaliente, de fe inquebrantablemente optimista, de sensato equilibrio humano, de honroso prestigio internacional. Por eso el Perú está aquí presente en este instante penoso, con sus Poderes Públicos en duelo, con sus armas rendidas, con su pueblo entristecido y en congoja. Ese homenaje unánime de la Nación está llegando, estoy seguro, hasta la intimidad de este féretro como un voto de compañía de emocionada gratitud.

El mundo personificado en las Naciones Unidas, reconoce igualmente una deuda sagrada para con Belaunde, porque en él tuvo un permanente y esforzad adalid de nobles causas y un promotor sin desmayos de la paz universal. Por eso aquí, delante de sus restos, la diplomacia del mundo presente con las personas de sus conspicuos representantes, trae también su despedido a uno de sus colegas más egregios.

Arequipa está también está presente para decir su mensaje al gran arequipeño. Y en su mensaje de madre tiembla el duelo de esta partida sin retorno que ha estremecido sus extrañas con el dolor de una tremenda desgarradura. Las instituciones tutelares de la ciudad se hermanan en el luto por éste que fue uno de sus hijos más dilectos; y el Colegio de Abogados de Arequipa, que le contaba con orgullo entre sus miembros eméritos, me ha conferido el encargo de traer a esta ceremonia el testimonio de su admiración y de su condolencia. Al cumplir este encargo, no puedo menos que llamar a evocación la más preciada característica de la tradición arequipeña: La ciudad del Derecho vio una vez más confirmada su estirpe jurídica con la aparición de Belaunde; y tras la reseña de esa vida tan afanosamente consagrada a la defensa de los fueros humanos y de la fraternidad en la justicia viene a las mentes la certidumbre de que, una vez más también, la tierra de Martínez y Pacheco ha añadido en la figura de Belaunde un nuevo eslabón de honor a sus ya viejos lauros de tierra de juristas.

Y los amigos de Belaunde reclamamos, finalmente, un rincón de este homenaje para decir nuestros adioses a ese entrañable camarada que fuera en vida para todos un profesor de sana alegría, un señor del buen consejo y un poseído de la eterna esperanza. Por el bien que nos hicieron vuestras palabras, por el ánimo que nos infundieron vuestras actitudes, por el recuerdo que nos deja vuestro afecto, gracias. Maestro amigo. Si en el conjunto de voces de despedida que mudamente vibran en el silencio de este cementerio quisiéramos los aquí presentes deciros algo que, más allá de este sarcófago, pueda halagar vuestro oídos terrenos, os diríamos sin vacilar, doctor Belaunde, invocando vuestra vocación de hombre pacífico y bueno: ¡Que la paz dé sombra a vuestra tumba!

jueves, 13 de octubre de 2011

In Memoriam, Arequipa, Perú, 15 de enero de 1894 - †Lima, Perú, 11 de enero de 1989

JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO

(1894-1989)

JOSÉ LUIS SARDÓN

EL LEGADO DE BUSTAMANTE Y RIVERO

José Luis Bustamante y Rivero constituye una de las personalidades más destacadas del Perú del siglo XX, debido a la impronta que dejó su conducta como presidente de la República de 1945 a 1948. Pocas veces el Perú ha contado con un gobernante tan respetuoso del estado de derecho y tan desinteresado en obtener beneficio personal alguno de su paso por el poder. Así, aunque fue derrocado por un golpe de Estado, estableció un ejemplo que inspiró la acción política de, por lo menos, tres generaciones siguientes.

Tres agrupaciones políticas peruanas, en efecto, están vinculadas a la trayectoria pública de Bustamante y Rivero. La primera es el Partido Social Republicano, fundado en 1946 por personalidades que participaron en los primeros días de su gobierno -entre ellas, el historiador Jorge Basadre, quien había sido ministro de Educación de su primer gabinete .

Esta agrupación buscó dar a Bustamante y Rivero el respaldo partidario del que carecía, tras haberse quebrado el Frente Democrático Nacional que lo llevó al poder. La segunda es el Partido Demócrata Cristiano, fundado en 1955 por personalidades destacadas de la siguiente generación, que también participaron en su gobierno. De hecho, sus dos líderes principales, Héctor Cornejo Chávez y Luis Bedoya Reyes, fueron muy cercanos colaboradores de Bustamante y Rivero. Este partido trató de estructurar políticamente la ideología social cristiana, que Bustamante y Rivero había promovido .

Finalmente, la tercera es el Frente Democrático (Fredemo), que lanzó a la presidencia de la República al escritor Mario Vargas Llosa, de la generación subsiguiente, en 1990. Desde su nombre, esta alianza -integrada por Acción Popular, el Partido Popular Cristiano y el Movimiento Libertad- evocaba al Frente Democrático Nacional de 1945. El Fredemo -sobre todo, el Movimiento Libertad- hizo más hincapié que Bustamante y Rivero respecto a la necesidad de delimitar mejor el rol del Estado en la economía. Sin embargo, sí compartió plenamente la preocupación de este por la afirmación del estado de derecho en el Perú .

Veinte peruanos del siglo XX

LAS ELECCIONES DE 1945

José Luis Bustamante y Rivero fue elegido presidente de la República en las elecciones de 1945 con una extraordinaria votación que alcanzó 67% de los votos válidos. Como ya se dijo, fue el candidato presentado por el Frente Democrático Nacional, alianza que se apoyaba en un trípode constituido por el APRA, el mariscal Óscar R. Benavides y un grupo de personalidades independientes, entre las que destacaban arequipeños como Julio Ernesto Portugal y Manuel J. Bustamante de la Fuente .

Varios factores explican este singular triunfo electoral. En lo inmediato, resultó importante el que, poco antes de aceptar la candidatura del Frente, Bustamante y Rivero hubiera declinado la candidatura oficialista que le ofreció el presidente Manuel Prado Ugarteche, argumentando que el poder no se podía recibir en una “bandeja de plata”.

Esto constituyó un gesto de desinterés personal que generó una corriente de simpatía en la opinión pública .

Adicionalmente, dicho triunfo también se explica porque el Frente logró una feliz

-aunque finalmente breve- amalgama de fuerzas políticas disímiles, ideológica y culturalmente.

El APRA y el mariscal Benavides estaban en la extrema izquierda y en la extrema derecha del espectro ideológico de entonces. Sin embargo, esta tensión se resolvía gracias a la postura moderada del grupo independiente.

Por otro lado, aunque tenía proyección nacional, el líder del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, era un trujillano por sus cuatro costados; mientras tanto, la tercera pata del Frente provenía mayormente de Arequipa. En este caso, la participación del mariscal Benavides resolvía dicha tensión, haciendo viable la alianza victoriosa. Lamentablemente, su muerte, días antes de que Bustamante y Rivero asumiera la presidencia de la República, determinaría el fin del Frente.

En todo caso, la explicación fundamental del éxito electoral de Bustamante y Rivero radicó en su propia personalidad. José Luis no solo había declinado la candidatura oficialista sino que, a sus cincuenta y un años de edad, contaba con una importante trayectoria pública. Había sido autor del “Manifiesto” de Arequipa, enarbolado por el movimiento social que puso fin al Oncenio, régimen del presidente Augusto B. Leguía, en 1930 .

Asimismo, se desempeñó como ministro de Justicia e Instrucción del gobierno transitorio siguiente, alejándose del mismo cuando empezó a tomar un cariz autoritario.

LA HERENCIA Y EL MEDIO

José Luis Bustamante y Rivero nació el 15 de enero de 1894 en Arequipa, en el seno de una familia de prominentes hombres de Derecho. Entre ellos, destaca su abuelo paterno, Pedro José Bustamante y Alvizuri, quien fue presidente de la Corte Superior de Arequipa, de gran prestigio en el ámbito jurídico del país. Fue también colaborador cercano de Ramón Castilla y llegó a ser presidente de la Cámara de Diputados en 1858 .

Bustamante y Alvizuri estuvo casado con Salomé Barreda y García, con quien tuvo nueve hijos. El sétimo de ellos, Manuel Bustamante y Barreda, siguió sus pasos como magistrado de la Corte Superior de Arequipa. Casado con Victoria Rivero y Romero, tuvo también nueve hijos, el tercero de los cuales sería el futuro presidente de la República, José Luis Bustamante y Rivero. En 1923, este formó su propia familia, al casarse con María Jesús Rivera, con quien tuvo dos hijos, Beatriz y José Luis.

Bustamante y Rivero estudió en el Colegio San José, de padres jesuitas, en Arequipa, siendo excelencia en la promoción de 1910. Posteriormente, estudio Letras y Derecho en la Universidad de San Agustín, donde se recibió como doctor en Jurisprudencia en 1918.

Finalmente, estudió también Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad San Antonio Abad, del Cusco, donde se recibió como doctor en estas materias en 1929 .

Durante su juventud, Bustamante y Rivero desarrolló una intensa labor intelectual, siendo cercano al grupo de escritores arequipeños El Aquelarre, en el que destacaban César Atahualpa Rodríguez y Percy Gibson. Publicó numerosos artículos y escritos literarios en los diarios El Deber de Arequipa y El Comercio del Cusco, haciéndose conocido en el ámbito literario y periodístico. De esos años, data su célebre poema “Ciudad que fue”, cuyos primeros versos son todavía recitados con devoción en Arequipa:

Esas casas viejas de las calles solas,

esas casas viejas y destartaladas

en que la carcoma de los años idos

desunió las tejas y horadó los nidos [...]

LABORES PROFESIONALES

Bustamante y Rivero se recibió como abogado en 1919, y se dedicó a la especialidad de derecho civil. Entre las actividades que desarrolló como abogado, destaca su condición de asesor legal de la Municipalidad de Arequipa y de los sindicatos ferroviarios de la misma ciudad, siempre ad honórem. Esta vinculación con los sindicatos, por cierto, despertó sospechas de inclinación izquierdista en los círculos empresariales arequipeños, a los que prestaba también servicios de asesoría legal.

Simultáneamente a la práctica del derecho, Bustamante y Rivero desarrolló también una intensa actividad docente, primero en el Colegio Seminario y luego en la Universidad de San Agustín. Allí dictó diferentes materias, primero en las áreas de Letras y Ciencias Sociales, y luego en la de Derecho. Sus alumnos de entonces lo recordarían siempre de una manera entrañable, como un maestro distinguido, muy cuidadoso en la presentación de sus lecciones.

En esas circunstancias de despegue profesional y académico se encontraba Bustamante y Rivero cuando se desataron los dramáticos acontecimientos que marcaron el final del Oncenio, en agosto de 1930. El rol protagónico que tuvo en esta coyuntura –mencionado en líneas anteriores- le dio una gran proyección nacional, que resultaría luego la antesala de su llegada a la presidencia de la República en 1945.

Al alejarse del gobierno de transición, Bustamante y Rivero retornó a sus actividades privadas en Arequipa. Sin embargo, al cabo de unos años, en 1934, ingresó a la carrera diplomática, como ministro plenipotenciario del Perú en Bolivia. Luego, desempeñó el mismo puesto en Uruguay, volviendo finalmente, en 1942, a Bolivia, ya nombrado como embajador del Perú. En esta situación, le fueron ofrecidas las candidaturas oficialista y de oposición para la presidencia en 1945.

En los diez años que actuó como miembro del servicio diplomático peruano, Bustamante y Rivero participó en importantes conferencias internacionales sobre temas de derecho y política latinoamericana, presentando ponencias de una marcada inspiración social cristiana, siempre con una impronta literaria innegable. Así, Bustamante y Rivero se fue perfilando como jurista, ideólogo y pensador de temas sociales.

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

José Luis Bustamante y Rivero asumió la presidencia de la República el 28 de julio de 1945, en medio de una situación política difícil, al haber el APRA declinado su ofrecimiento de designar a dos de los nueve ministros que entonces componían el gabinete. El APRA argumentó que “prefería concentrar por el momento su actividad en la función parlamentaria y mantenerse como ‘observador’ de la política del Ejecutivo” . Esto significaba que pasaba a la oposición y que, por tanto, se quebraba el Frente Democrático Nacional.

La no participación del APRA en el gobierno que había contribuido a elegir tiene distintas explicaciones. Por el lado del APRA, se ha insistido en que el ofrecimiento de dos carteras ministeriales era claramente insuficiente, a la luz de su contribución electoral .

Sin embargo, los largos años que estuvo fuera de la ley, durante los gobiernos de Óscar R. Benavides y Manuel Prado Ugarteche, seguramente generaron también una impaciencia muy grande en el APRA por hacerse del poder, haciéndole olvidar que el triunfo de Bustamante y Rivero no fue solo obra suya.

Además, como señalaría luego Enrique Chirinos Soto: “Uno de los motivos determinantes del fracaso del experimento democrático que se inicia en 1945 es la manifiesta incompatibilidad psicológica entre Bustamante y Haya. Bustamante es introvertido.

Haya, extrovertido. Bustamante es de Arequipa. Haya, de Trujillo. [...] Bustamante es hombre de gabinete. Haya es conductor de multitudes. Intelectualmente, el género de Bustamante es la prosa poética o el análisis jurídico. El de Haya es la oratoria. Bustamante está mejor que nunca cuando escribe. Haya, cuando habla .

El alejamiento del APRA, en todo caso, no inhibió la participación de personalidades independientes en el gobierno. Además del ya indicado Jorge Basadre, el primer gabinete -presidido por Rafael Belaunde- incluyó también a Luis Alayza y Paz Soldán en Justicia, a Óscar Trelles en Salud y a Rómulo Ferrero en Hacienda. En los gabinetes siguientes, Bustamante y Rivero convocó a profesionales no menos destacados, como Honorio Delgado, Luis Echecopar García, Enrique García Sayán, José León Barandiarán y Luis E. Valcárcel. En conjunto, Bustamante y Rivero supo rodearse de gente de primera línea.

ECONOMÍA Y POLÍTICA

La difícil situación política, configurada al inicio del gobierno de Bustamante y Rivero, complicó el adecuado enfrentamiento de los problemas económicos y financieros que enfrentaba el Perú. Bustamante y Rivero recibió un país con déficit fiscal, inflación y un Estado cada vez más intervencionista en la economía. Entrampado por su enfrentamiento con el Congreso, su gobierno pudo emprender el camino de la estabilización monetaria y la liberalización económica recién en 1948, poco antes de ser derrocado.

Como ha recapitulado Gianfranco Bardella, en 1939, con la coartada del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno del general Óscar R. Benavides dictó leyes que autorizaban controles de precios en productos básicos y alquileres. El gobierno siguiente, de Manuel Prado Ugarteche, expandió los controles, en 1942, al tipo de cambio. Finalmente, a inicios de 1945, el intervencionismo estatal incluyó a las importaciones y al comercio exterior. Estas medidas generaron el decaimiento, si no la paralización, de la actividad económica .

Además, dichos gobiernos establecieron subsidios para determinados productos alimenticios. La expansión del crédito, que se implementó para sostener tal política, generó un incremento anual promedio de los precios de 10,7% de 1939 a 1944. Para enfrentar esta situación, el primer ministro de Hacienda de Bustamante y Rivero, Rómulo Ferrero, propuso un plan de control del gasto y el endeudamiento públicos . Sin embargo, tal propuesta fue criticada por varios senadores del Frente, provocando su renuncia.

Solo en los que resultarían sus últimos meses de gobierno -con Rómulo Ferrero nuevamente a cargo de Hacienda- el gobierno empezó la liberalización del tipo de cambio y la eliminación de los subsidios. Sin embargo, el hipo en los precios que produjeron tales medidas terminó por abonar el terreno para el golpe de Estado. Encabezado por el general Manuel A. Odría, quien había sido su ministro de Gobierno, este se realizó el 27 de octubre de 1948.

El golpe fue alentado y financiado por la oligarquía feudal crispada por los impasses del gobierno y el Congreso, y más ampliamente de Bustamante y Rivero y el APRA. Le reprochaba al presidente haberse aliado al APRA, olvidando el detalle de que tal alianza había sido fundamental para su triunfo en las elecciones. En todo caso, al conocer la noticia del golpe, el poeta Martín Adán dijo: “El Perú ha vuelto a la normalidad”.

DESTIERRO Y RETORNO

Producido el golpe de Estado, José Luis Bustamante y Rivero fue deportado a Buenos Aires, Argentina. Allí inició un largo destierro y vivió una situación difícil, ya que no percibía la pensión que legalmente le correspondía. Sobrevivió gracias al apoyo de familiares y amigos, y a trabajos ocasionales. En los primeros momentos del destierro, redactó el libro Tres años de lucha por la democracia en el Perú, en el que explicaba los dramáticos acontecimientos ocurridos .

Bustamante y Rivero permaneció en Buenos Aires solo los primeros ocho meses. Luego se trasladó a Santiago de Chile, donde su esposa se estaba atendiendo por un accidente ocurrido en Antofagasta, cuando viajaba hacia Buenos Aires. Al cabo de seis meses, Bustamante y Rivero y su esposa viajaron a Nueva York, donde ella fue sometida a una segunda operación. Pasaron los cinco años restantes del destierro en Madrid y Ginebra.

A pesar de reiterados intentos durante los años siguientes, Bustamante y Rivero no pudo regresar al Perú, ya que el gobierno de Odría le aplicó la tristemente célebre Ley de Seguridad Interior de la República. En todo caso, en noviembre de 1955, alentado por la proximidad del cambio de gobierno, Bustamante y Rivero planteó un recurso de hábeas corpus, a través de su abogado Luis Bedoya Reyes.

Este recurso fue presentado ante el Segundo Tribunal Correccional de la Corte Superior de Lima, que presidía Domingo García Rada . Pese a haber sido nombrado por el gobierno de Odría, García Rada emitió un valiente voto singular, declarando fundado el recurso legal. Aunque los votos de los otros dos vocales fueron por la improcedencia, el voto singular tuvo gran impacto en la opinión pública. No tardaría el gobierno en permitir el retorno de Bustamante y Rivero.

El 9 de febrero de 1956, habiendo transcurrido más de siete años después de su deportación, Bustamante y Rivero regresó al Perú, y fue recibido por una multitud de simpatizantes.

En el mitin realizado luego en la plaza San Martín de Lima, Bustamante y Rivero pronunció un emocionado discurso. Situación similar vivió poco después en la Plaza de Armas de Arequipa. No pudo ser más cálido el recibimiento.

JUEZ Y ÁRBITRO INTERNACIONAL

En las tres décadas finales de su vida, Bustamante y Rivero recogió abundante cosecha del prestigio profesional y personal ganado en sus actividades académicas, profesionales y políticas. De 1960 a 1969, por lo pronto, se desempeñó como juez de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en Holanda, principal órgano de administración de justicia de las Naciones Unidas. De 1967 a 1969, presidió esta Corte, donde dejó un muy grato recuerdo.

Posteriormente, en las décadas siguientes, ya retirado de esta labor, tuvo delicados encargos profesionales para resolver conflictos internacionales. El más importante de estos lo recibió en 1980, cuando Honduras y El Salvador le solicitaron su mediación para resolver una antigua disputa territorial. La solución que planteó Bustamante y Rivero fue plenamente satisfactoria para las partes, al punto que fue propuesto al Premio Nobel de la Paz.

Conjuntamente con estas actividades de juez, mediador y árbitro internacional, Bustamante y Rivero mantuvo una vigilante atención del proceso político peruano, pronunciándose sobre este cuando las circunstancias lo requerían. Especialmente significativo fue su rechazo a la estatización de la prensa realizada en 1974 por el gobierno del general Juan Velasco: “Gobierno es un vocablo que indica y entraña una bilateralidad consciente de voluntades: gobernantes y gobernados. Si esa bilateralidad no funciona, no hay gobierno posible; habrá, sencillamente, dos elementos dislocados, el orden de mando y la obediencia impuesta. En total, el absolutismo” .

Diez años después, desempeñándose como senador vitalicio, se opuso a que el Perú firmara la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, pues implicaba cercenar las doscientas millas de mar territorial que su gobierno había reivindicado el 1 de agosto de 1947, con amplio respaldo de la comunidad internacional. Al hacer suya la postura de Bustamante y Rivero, el Perú quedó, por cierto, en la importante compañía de Estados Unidos.

José Luis Bustamante y Rivero falleció en el Hospital Militar de Lima, el 11 de enero de 1989, al borde de los noventa y cinco años de edad. Aunque el país pasaba entonces por un momento especialmente difícil, sus exequias expresaron el profundo respeto que había llegado a merecer por parte de toda la ciudadanía.

BALANCE TENTATIVO

Casi dos décadas han pasado ya de su partida. Visto a esa distancia, sin embargo, Bustamante y Rivero mantiene intacta la talla de patricio republicano que le fuera reconocida en sus años finales . Evidentemente, no se trató de una persona que buscó el poder.

Ocurrió, simplemente, que se encontró con él -en 1930 primero y en 1945 después-, debido a que especiales circunstancias en la política peruana hicieron atractivo su perfil de hombre de derecho.

Ya en el poder, su preocupación central fue, claramente, consolidar al estado de derecho en el Perú. En el mismo escrito antes citado, respecto a la libertad de expresión, Bustamante y Rivero brindó una perspectiva del mismo que coincidiría perfectamente con la de una de los grandes pensadores liberales del siglo XX, Friedrich A. Hayek: “Lo que hace falta en toda época y bajo cualesquiera circunstancias es un ordenamiento legal, una pauta preestablecida, un gobierno sin sorpresas, una posibilidad de apelación democrática ajena al capricho de los hombres, que señale lo razonable, lo prudente, lo justo. Y luego, el libre diálogo, la vida sin temor” .

Por lo demás, no debe olvidarse tampoco que, dentro de las difíciles circunstancias políticas en las que actuó, buscó establecer una economía sana, liberalizando precios y eliminando subsidios. Estas políticas fueron iniciativa de su ministro de Hacienda, Rómulo Ferrero, pero fue Bustamante y Rivero quien les dio sostén político. En la década siguiente, gracias a ellas -mantenidas y profundizadas por los dos gobiernos siguientes-, el Perú emprendería una etapa de crecimiento.

Por ello, aunque su pensamiento político y económico estuviera siempre teñido de un pathos social cristiano, puede afirmarse que -dado su amor a la ley y su rechazo al abuso, a la arbitrariedad y al capricho- pocos hombres contribuyeron tanto como José Luis Bustamante y Rivero a la causa de la libertad en el Perú. Por ello mismo, los peruanos, de su tiempo y del nuestro, mantenemos vivo su recuerdo.

BIBLIOGRAFÍA

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sábado, 19 de febrero de 2011

Discurso del doctor José Luis Bustamante y Rivero al asumir la presidencia de la República del Perú - 28/07/1945

Señor Presidente del Congreso Nacional:

Me honra sobremanera recibir la insignia de mi investidura de un ciudadano como vos, cuya prestancia moral enaltece, mejor que cualquier título, vuestro sitial parlamentario.
Bajo los auspicios de una elección cuya limpieza constituye un soporte moral inapreciable, asumo la Presidencia de la República con la augusta emoción de quien recibe en sus manos el destino de un pueblo y de quien mide las responsabilidades de este tremendo y honrosísimo encargo.
Misión compleja y agobiadora la que, en su múltiple reparto de situaciones, y deberes, ha reservado la Historia al hombre de Gobierno. Tócale a él realizar el anhelado desiderátum de la armonía en la diversidad. El Estado es la síntesis política de una ordenada convivencia humana; y como síntesis funciona a base de cohesión y ensamblamiento. Fuerza es, pues, propiciar y mantener el concertado ligamen de los factores elementales del conjunto, por varios y dispares que ellos sean; pues la más leve resquebrajadura puede poner en peligro la unidad del organismo y acaso hasta su suerte. De ahí que el Gobernante viva en función perpetua de coordinación y de equilibrio. Difícil equilibrio entre gravedades heterogéneas, ya que no abarca solo la esfera de lo social y lo tangible, sino que incluye también el invisible mundo de los imponderables. Cumple el Estado en el espacio y en el tiempo una misión histórica permanente, que es preciso avizorar y cautelar; y ante ese imperativo de sustancial supervivencia, más lato que los siglos y menos pasajero que las generaciones, fuerza es que a veces sufran postergación indeclinable la voz tradicional de los intereses y la vehemencia reformadora de los idealismos. Con el espíritu en alto y la visión tendida lejos, el conductor de pueblos está llamado a transformar en cosa depurada y consistente ese acervo de oro y de barro, de gemas y de arcilla, para dar a su obra solidez y grandeza y preservar, con celo imperturbable los eternos atributos de la nacionalidad.
Nuestra época, pródiga en formidables experiencias, convulsionada de dolores y clamante de anhelos, ha impuesto nuevos deberes a los hombres de Estado. Movianse estos dentro de un ámbito de fronteras, con panorama circunscripto a los limites individualistas de su propio aislamiento. Pero hoy el Mundo se rige por conceptos más universales, en los que son apenas medios de buena administración las marcas fronterizas y en que, por encima de ellas, campea y se difunde la noble inquietud unificadora de la solidaridad humana. Dentro de este nuevo espíritu, la misión del Estadista cobra inusual amplitud. El campo de las relaciones internacionales adquiere un sentido fundamental de cooperación e interdependencia. En la explicable pugna entre la tradición aislacionista y el humanismo innovador se estremecen las soberanías con reticente actitud de defensa; y el receso de la diplomacia contemporánea traduce las angustias de un mundo que trata afanosamente de conciliar las instituciones del pasado con los ideales del porvenir. En medio de este debate a la vez trágico y grandioso y la llamarada de la guerra envuelve en duelo gigante la regresión y la revolución y libran su batalla decisiva el ímpetu militarista y la concepción democrática, el imperialismo económico y los sagaces postulados de la igualdad jurídica. Tras la contienda enorme la humanidad llega, sangrante, a una unánime conclusión: la necesidad de una convivencia en la paz. En una paz sin arista ni rencores, hecha de equidad y buena fe. En una paz organizada y de derecho, donde el consorcio de voluntades sea universal compromiso, y donde el juego de los intereses de cada Estado se ajuste y acomode al interés supremo de la comunidad de naciones.
Y aquí surge la nueva y transcendental función del hombre de gobierno. No es ya solo el intérprete del sentir de su pueblo en lo que atañe a la solución de sus propios problemas; sino el prudente coordinador de las aspiraciones nacionales con el sistema general de paz. A él está reservada la tarea de sancionar el régimen de las obligaciones colectivas sin desmedro de la personalidad del Estado; de orientar el criterio de la evolución interna en consonancia con los postulados políticos-sociales del organismo mundial; y de afirmar, de fronteras a dentro, ese mismo sentido de concordancia, de libertad y de compresión que hoy sirve de puntal y garantía a las relaciones internacionales. Siempre la nítida línea de la austeridad y la mesura; siempre la visión alerta de quien otea un rumbo en que cualquiera desviación es un extravió; siempre el deber de equilibrio ante los requerimientos de la pasión y el egoísmo, de la rutina y la improvisación.
En el Perú, el proceso sociológico ha sido la causal determinante del proceso político. Madurada la conciencia cívica tuvo eclosión arrolladora el propósito de perfeccionar el sistema electivo a base de una verídica autodeterminación popular. Quería incorporar a nuestra vida interna un régimen de sanas libertades. Quería, sobre todo, cancelar intestinas diferencias, para poner, en amplio gesto unitario, la integridad de sus esfuerzos al servicio de la nación. El auspicioso programa se ha empezado a cumplir. Un soplo de vitalidad orea el aletargado ambiente del indiferentismo ciudadano; y un nuevo clima espiritual remoza en estos momentos las esperanzas del país. Las generosas palabras con que el Presi-dente cesante, doctor don Manuel Prado, ha expresado su esperanza en mi gestión gubernativa, fortifican, como nuevo acicate, mi decisión de darme por entero a la causa nacional que tan ardorosamente he asumido.
Mi presencia en este austero recinto de las leyes interpreta y simboliza ese movimiento de opinión. Vengo del llano del apolitismo, sin prejuicios pequeños ni fatuos alardes. He acudido al llamado de mis compatriotas como un nexo de fraterna armonía, sin otro acervo en mi bagaje que una recta intención. Y entre abrumado y optimista, llego a la primera magistratura del Perú, sopesando en mi espíritu la magnitud de mi tarea y confiado en la eficacia de la ayuda de todos.
Me propongo, en el ejercicio del mandato, cumplir con los deberes que la moral política y los requerimientos de la hora señalan al hombre de Gobierno, tanto en lo interno como en lo internacional. Mi línea está trazada en público documento -el Memorándum de 13 de marzo- que el consentimiento de mis electores me ha hecho el honor de refrendar. Allí está mi programa. El próximo período se caracteriza claramente como una etapa de transición, que servirá de ensambladura a dos momentos antagónicos. Uno, el de ayer, influido por inquietudes políticas y plausibles afanes de organización. Otro, el de mañana, en que cabe esperar el advenimiento de una era de madurez democrática y de firme y científico desarrollo de las fuerzas potenciales de la nacionalidad. Es el paréntesis intermedio el que me toca presidir. Dentro del campo constitucional, se impone realizar un reajuste de las instituciones jurídicas, a tono con la emoción que hoy alienta en el mundo; y dar al pueblo la seguridad de que su vida habrá de desenvolverse en un clima de paz cordial, sin extremos de dictadura ni de demagogia, sin leyes de excepción ni alardes disolventes de rebeldía. En el campo económico la acción gubernativa se dirigirá al fomento de las actividades del trabajo y a la planificación sistemática de la administración fiscal. En este terreno, la labor ha de ser predominantemente educativa hasta crear en las conciencias un sobrio sentido de abnegación y renunciamiento para afrontar las estrecheces de la crisis post-bélica y promover, con el gradual concurso del Estado y de las clases poderosas, una organización más robusta de la justicia social. En el aspecto cultural, precisa un noble y emocionado empeño por cultivar en nuestro pueblo los dones del espíritu y los hábitos de la civilización; y una juiciosa liberalidad que le permita ampliar sus horizontes intelectuales mediante el fácil contacto con el pensamiento del mundo. En la vida de relación, el esfuerzo se dirigirá a secundar con decisión, pero también con digna autonomía de criterio, empeño de dar forma sólida y duradera al organismo de la paz y la seguridad mundiales; a vigorizar la amistad entre el Perú y los demás Estados, muy particularmente los que integran la vasta comunidad americana, a quienes nos ligan especiales vínculos de historia, de vecindad y de comunidad de intereses; y a echar las bases de un consorcio internacional más activo, oficial y privado, con los demás gobiernos y con el capital extranjero, para estimular la producción y obtener una coordinación realística y sensata de las actividades del comercio exterior.
No pretende este esbozo constituir un plan integral de gobierno. Aspira sólo a sentar bases para un periodo futuro de más altas realizaciones. La vida de los pueblos no se cuenta por años sino por siglos; el ritmo de su avance se traduce mejor en el paso menudo y cauteloso que en el salto brillante o audaz. Es tan sutil y complejo el engranaje de los fenómenos sociales que, salvo circunstancias de muy probada urgencia, el recurso revolucionario debe ceder la primacía a una segura y natural evolución. Desenvolverse es persistir. La complicada trabazón de los elementos integrantes del Estado moderno supone en ellos un armonioso desarrollo si el proceso ascensional de su perfeccionamiento ha de correr parejas con su estabilidad. Lo contrario es afectar en el conjunto la línea de las proporciones, o introducir en la estructura un factor de desequilibrio. En el Perú, el problema fundamental es un problema de hombres. No hay posibilidad de finanzas generosas sin una sólida economía fundada en el trabajo; ni administración correcta sin un fondo individual de honestidad; ni progreso de la cultura sin respeto de la persona humana; ni política estable sin una plena conciencia de los deberes cívicos; ni gravitación internacional sin un firme y orgulloso concepto del patriotismo.
Estimular esos valores fundamentales y primarios es la labor del gobernante. Estudiarlos calladamente, sin que importe para el caso la ausencia de sonoridad o de lustre. En las naciones como en los individuos la formación de la personalidad, integralmente concebida en lo físico y en lo espiritual, es una obra educativa en que la plenitud sólo se adquiere a costa del desvelo tenaz de cada día. La educación es un proceso, y no en manera alguna una creación del instante. Como el maestro, el estadista va venciendo paciente su jornada, sin vistas a la definitiva consagración. Y puede sentirse ufano sí, a la vuelta de los días, ha logrado, como el maestro, ser en su pueblo un forjador de hombres. Sobre la base del factor humano, la evolución de los Estados es hacedera y rápida en el campo de la riqueza, de la influencia y de la felicidad.
A los ciudadanos incumbe prestar al nuevo régimen todo el caudal de su colaboración en esta sustantiva tarea de crear en el país una disciplina moral. No cuentan para ello diferencias ideológicas ni posiciones políticas. No constituyen obstáculo antiguas pugnas de partido ni recientes discrepancias electorales. En la obra colectiva deben tener su parte todas las tendencias, desde el Gobierno o desde el llano. Frente al común anhelo de renovación, la magnanimidad cederá el puesto a los conceptos rígidos de doctrina o de grupo. La flexibilidad política no está reñida con la pureza de los principios. Buscar la comprensión no es claudicar. Apenas hay un mal más deprimente de la virilidad de un pueblo que el mal de la sumisión. Queden en buena hora desterradas de nuestro ambiente oficial las actitudes sumisas. En el plano de una bien entendida cordialidad patriótica, caben la libre discusión de las ideas y la alturada discrepancia de los puntos de vista. Y acaso en este intercambio de conceptos y pareceres estribe la garantía del acierto en las decisiones. Lo que fundamentalmente significa la cooperación con el Poder es la honorable coincidencia en propósitos de bien público. Y pienso que esta coincidencia es, por fortuna, un feliz atributo de la peruanidad. El Gobierno, por su parte, cumplirá en este orden sus propósitos de unificación nacional, dando a todos garantías dentro de la ley, buscando el mérito allí donde se encuentre y abriendo a los diversos sectores la oportunidad de compartir con él la iniciativa y el esfuerzo. Dentro de este amplio criterio, inspirado sólo en el ideal de la Patria, podremos la ciudadanía y yo realizar la misión que nos señala nuestro fervor por el futuro del Perú.
Debo aquí dedicar un saludo y un voto al nuevo núcleo de ciudadanos que se incorporan a la vida política nacional. El Partido del Pueblo viene a integrar el organismo del Estado con un fuerte bagaje de juventud e iniciativa. Llega a la función pública pleno de emoción social, de dinamismo constructivo y de inquietud renovadora. El ha de ser, sin duda, en el régimen que hoy se inicia, factor importantísimo de una evolución acelerada y eficaz. Mucho espera el país de su concurso en capacidad y en desinterés. La labor parlamentaria ha sido escogida por el mismo como campo de su actuación oficial. Yo formulo el augurio más cordial y sincero de que habrá de responder a estas nobles expectativas y de que, con su aporte, el Perú marcara una etapa floreciente en la prosecución de su destino histórico.
Señores Representantes:
Pocas veces el Parlamento del Perú se vio llamado a cumplir un cometido de más alta trascendencia que le reserva este período. Os toca tarea de animar con un nuevo espíritu la estructura legislativa del país, dignificando la función del Legislador y dando a vuestra obra un contenido científico e integral. Habréis de normalizar el imperio de nuestra Constitución y estudiaréis el plan orgánico al cual hay de ceñirse nuestro desenvolvimiento cultural, social y económico. El campo y la ley es hoy más ancho que nunca y su concepto ha roto, por fortuna viejas y estacionarias definiciones. Si hasta ayer legislar fue traducir en formulas obligatorias las exigencias de la necesidad social del presente, ahora legislar es intuir los desenvolvimientos a veces prodigiosos, del porvenir. Antes acomodaba el legislador la marcha de su pueblo a las experiencias adquiridas tratando de interpretar en los preceptos legales el consenso de los hombres dentro de un estado social. Hoy el parlamentario se adelanta a los hechos, procura prever la nueva conformación de la sociedad para preparar a los hombres a vivir a tono con ella. De este modo, la ley, que pretendía ser sólo ante todo una expresión de realismo, se convierte en nuestra época en un arte de previsión. A la luz de estos conceptos se nos plantea el deber de conjugar la realidad ya lograda con las perspectivas futuras y el rígido consejo de la técnica con los todavía cortos medios de realización de las finanzas. Nuevamente el equilibrio, como en toda obra de gobierno, reclama por sus fueros; la ley viene a erigirse en juicioso instrumento de tránsito entre lo actual y lo venidero. Vosotros conocéis sobradamente este delicado mecanismo; y estoy seguro de que el acierto de vuestros actos de legisladores ha de consagrar la solidez de vuestro prestigio. En aquello que le toca, el Poder Ejecutivo se propone secundar los propósitos del Congreso y observar para con él una política de alto y leal entendimiento. La colaboración de ambos Poderes, dentro de los cánones de recíproco respeto consagrados por el Derecho Público, es condición ineludible de eficacia en la vida institucional del Estado; y será por ¬lo mismo, norma constante de mi Administración.
En el destino de los pueblos, marcan su huella inevitable las influencia de cada época y la voluntad de los hombres; pero actúan también, en un mudo trabajo de misterio, otras fuerzas ignotas e invisibles, que traen su raíces del pasado remoto o pertenecen a una esfera más alta que la simplemente humana y perecedera. Volvamos, pues nuestros espíritus a esas fuerzas tutelares en esta hora solemne de emoción nacional. Que la voz de nuestros muertos y los manes de nuestros Libertadores señalen mi camino; y que Dios, Supremo Gobernante del Universo, me depare la inspiración magnánima y serena de su eterna sabiduría.