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sábado, 24 de diciembre de 2011

In Memoriam, Arequipa, Perú, 15 de enero de 1894 - †Lima, Perú, 11 de enero de 1989

Discurso pronunciado por el Doctor José Luis Bustamante y Rivero, a nombre del Colegio de Abogados de Arequipa, por el fallecimiento de Víctor Andrés Belaunde.

Hay hombres cuyo paso por el mundo suscita una sensación de permanente plenitud: Lleno de lumbre el espíritu, colmada de eficacia la obra, rebosante de ejemplos la conducta, henchido de nobleza el corazón.

El hombre que aquí yace fue uno de ellos. Sin riesgo de redundancia, cabe decir que en Víctor Andrés Belaunde se daba un caso de plenitud integral, la cual, por lo que hace al tiempo, tuvo expresión en todas las épocas de su vida y, en lo que concierne el espacio, abarcaba con docto señorío los ilimitados dominios del pensamiento para encontrar en ellos un ámbito de dimensión universal. Examinemos estos dos aspectos de la plenitud de Belaunde.

Plenitud en el tiempo. Cuando joven, él mostraba junto al ímpetu de la sangre nueva la jugosa sapiencia de un espíritu en madurez. Y en sus años provectos, la carga de experiencia de los largos lustros vividos se vestía de la ágil ligereza de un magisterio juvenil. Era así Belaunde una especie de síntesis en cuyos crisoles se fundían los más preciosos atributos de juventud y de vejez, para transmitir a quienes le rodeaban la impresión inequívoca de un mago que ha detenido el tiempo con el designio de dar longevidad siempre lozana a su misión sobre la tierra. Por eso, la sorpresa de su muerte nos ha sumido en estupor: Nadie esperaba la extinción del recio anciano que día a día le ganaba batallas a la vida para sobrevivir en plenitud, sin rendirse jamás a la asechanza de las decadencias otoñales. Mas esa fue, precisamente, su postrera lección: acaba de legarnos el ejemplo de una vida tan plena, tan cabalmente plena, que hasta el último día estuvo consagrada con obstinado e incansable dinamismo al ejercicio de su humanísimo apostolado.

Plenitud en el espacio. Belaunde fue filósofo y jurista, historiador y sociólogo; buceaba con angustia en las nuevas técnicas nucleares para descubrir átomos de paz; su poderosa fantasía le hacía ser poeta y había en sus transportes oratorios destellos de creador. Lujosa pluralidad, en suma, de un ecumenismo enciclopédico. A través de ese mundo intelectual en que se movía, él creía en los altos destinos del hombre; y fascinado por esa perspectiva buscó en las instituciones ecuménicas del orbe un escenario fructuoso para sus ansias de acción. Docencia universitaria, diplomacia internacional, Iglesia son organismos universales dentro de cuyas órbitas se forjan los ideales de la juventud, el porvenir de las naciones y los supremos objetivos del alma. A todos esos campos, variados al parecer, pero coincidentes en su finalidad de superación humana dedicó Belaunde el ahínco impetuoso de su mente universalista y de su voluntad soñadora. Consagróse a ellos plenamente, integralmente, con la totalidad de su ser. “Maestro” le han llamado con unanimidad sin restricciones varias generaciones de peruanos y muchos extranjeros. En la Universidad Católica del Perú dictó cátedra dentro y fuera del aula con la sabiduría del pensador, con la versación del erudito, con el puritanismo de su conducta, con el acento fervoroso de su peruanidad. En certámenes y debates internacionales y muy particularmente en el seno de las Naciones Unidas puso su talento y su oratoria al servicio de la causa de la paz con la convicción de un apóstol y el arrastre convencido de un iluminado. Finalmente, como abanderado civil de la Iglesia Católica Peruana se hizo un teólogo laico para dar testimonio del mensaje de Cristo; y en su vida privada, la sinceridad de su catolicismo suscitó el respeto de los miembros de otras religiones. Practicó Belaunde, en una palabra, la plenitud de una trascendente acción social y humana, cifrada toda ella en su afán de depuración progresiva del hombre en sus aspectos educativo, cívico, comunitario y religioso.

Y hubo en él, todavía, otra forma de plenitud más íntima y modesta si se quiere, pero sentimentalmente más honda: la plenitud de su alegría interna en el campo privado de las relaciones humanas. Belaunde rebosaba optimismo y jovialidad. La fresca juventud de su espíritu practicaba el deleite de la conversación y manejaba magistralmente los resortes del humorismo. Poseía el don de DAR: se daba él mismo todo entero a los demás en la agudeza de su ingenio, en la finura de sus apostillas, en la delicada exteriorización de sus afectos. Era un millonario de generosidad que, sin ostentación ni apego por los bienes materiales, supo dilapidar sin tasa los caudales de su auténtica riqueza espiritual. Maravillosa plenitud de sembrador de sensaciones que infundía en sus amigos grandes y pequeños, pobres o afortunados, la ilusión bienhechora del goce de vivir.

El Perú debe mucho a Víctor Andrés Belaunde. Su deuda para con él es inconmensurable porque él le donó valores no susceptibles de cotización. Valores intangibles pero excelsos de probidad moral, de ejemplaridad sobresaliente, de fe inquebrantablemente optimista, de sensato equilibrio humano, de honroso prestigio internacional. Por eso el Perú está aquí presente en este instante penoso, con sus Poderes Públicos en duelo, con sus armas rendidas, con su pueblo entristecido y en congoja. Ese homenaje unánime de la Nación está llegando, estoy seguro, hasta la intimidad de este féretro como un voto de compañía de emocionada gratitud.

El mundo personificado en las Naciones Unidas, reconoce igualmente una deuda sagrada para con Belaunde, porque en él tuvo un permanente y esforzad adalid de nobles causas y un promotor sin desmayos de la paz universal. Por eso aquí, delante de sus restos, la diplomacia del mundo presente con las personas de sus conspicuos representantes, trae también su despedido a uno de sus colegas más egregios.

Arequipa está también está presente para decir su mensaje al gran arequipeño. Y en su mensaje de madre tiembla el duelo de esta partida sin retorno que ha estremecido sus extrañas con el dolor de una tremenda desgarradura. Las instituciones tutelares de la ciudad se hermanan en el luto por éste que fue uno de sus hijos más dilectos; y el Colegio de Abogados de Arequipa, que le contaba con orgullo entre sus miembros eméritos, me ha conferido el encargo de traer a esta ceremonia el testimonio de su admiración y de su condolencia. Al cumplir este encargo, no puedo menos que llamar a evocación la más preciada característica de la tradición arequipeña: La ciudad del Derecho vio una vez más confirmada su estirpe jurídica con la aparición de Belaunde; y tras la reseña de esa vida tan afanosamente consagrada a la defensa de los fueros humanos y de la fraternidad en la justicia viene a las mentes la certidumbre de que, una vez más también, la tierra de Martínez y Pacheco ha añadido en la figura de Belaunde un nuevo eslabón de honor a sus ya viejos lauros de tierra de juristas.

Y los amigos de Belaunde reclamamos, finalmente, un rincón de este homenaje para decir nuestros adioses a ese entrañable camarada que fuera en vida para todos un profesor de sana alegría, un señor del buen consejo y un poseído de la eterna esperanza. Por el bien que nos hicieron vuestras palabras, por el ánimo que nos infundieron vuestras actitudes, por el recuerdo que nos deja vuestro afecto, gracias. Maestro amigo. Si en el conjunto de voces de despedida que mudamente vibran en el silencio de este cementerio quisiéramos los aquí presentes deciros algo que, más allá de este sarcófago, pueda halagar vuestro oídos terrenos, os diríamos sin vacilar, doctor Belaunde, invocando vuestra vocación de hombre pacífico y bueno: ¡Que la paz dé sombra a vuestra tumba!

jueves, 13 de octubre de 2011

In Memoriam, Arequipa, Perú, 15 de enero de 1894 - †Lima, Perú, 11 de enero de 1989

JOSÉ LUIS BUSTAMANTE Y RIVERO

(1894-1989)

JOSÉ LUIS SARDÓN

EL LEGADO DE BUSTAMANTE Y RIVERO

José Luis Bustamante y Rivero constituye una de las personalidades más destacadas del Perú del siglo XX, debido a la impronta que dejó su conducta como presidente de la República de 1945 a 1948. Pocas veces el Perú ha contado con un gobernante tan respetuoso del estado de derecho y tan desinteresado en obtener beneficio personal alguno de su paso por el poder. Así, aunque fue derrocado por un golpe de Estado, estableció un ejemplo que inspiró la acción política de, por lo menos, tres generaciones siguientes.

Tres agrupaciones políticas peruanas, en efecto, están vinculadas a la trayectoria pública de Bustamante y Rivero. La primera es el Partido Social Republicano, fundado en 1946 por personalidades que participaron en los primeros días de su gobierno -entre ellas, el historiador Jorge Basadre, quien había sido ministro de Educación de su primer gabinete .

Esta agrupación buscó dar a Bustamante y Rivero el respaldo partidario del que carecía, tras haberse quebrado el Frente Democrático Nacional que lo llevó al poder. La segunda es el Partido Demócrata Cristiano, fundado en 1955 por personalidades destacadas de la siguiente generación, que también participaron en su gobierno. De hecho, sus dos líderes principales, Héctor Cornejo Chávez y Luis Bedoya Reyes, fueron muy cercanos colaboradores de Bustamante y Rivero. Este partido trató de estructurar políticamente la ideología social cristiana, que Bustamante y Rivero había promovido .

Finalmente, la tercera es el Frente Democrático (Fredemo), que lanzó a la presidencia de la República al escritor Mario Vargas Llosa, de la generación subsiguiente, en 1990. Desde su nombre, esta alianza -integrada por Acción Popular, el Partido Popular Cristiano y el Movimiento Libertad- evocaba al Frente Democrático Nacional de 1945. El Fredemo -sobre todo, el Movimiento Libertad- hizo más hincapié que Bustamante y Rivero respecto a la necesidad de delimitar mejor el rol del Estado en la economía. Sin embargo, sí compartió plenamente la preocupación de este por la afirmación del estado de derecho en el Perú .

Veinte peruanos del siglo XX

LAS ELECCIONES DE 1945

José Luis Bustamante y Rivero fue elegido presidente de la República en las elecciones de 1945 con una extraordinaria votación que alcanzó 67% de los votos válidos. Como ya se dijo, fue el candidato presentado por el Frente Democrático Nacional, alianza que se apoyaba en un trípode constituido por el APRA, el mariscal Óscar R. Benavides y un grupo de personalidades independientes, entre las que destacaban arequipeños como Julio Ernesto Portugal y Manuel J. Bustamante de la Fuente .

Varios factores explican este singular triunfo electoral. En lo inmediato, resultó importante el que, poco antes de aceptar la candidatura del Frente, Bustamante y Rivero hubiera declinado la candidatura oficialista que le ofreció el presidente Manuel Prado Ugarteche, argumentando que el poder no se podía recibir en una “bandeja de plata”.

Esto constituyó un gesto de desinterés personal que generó una corriente de simpatía en la opinión pública .

Adicionalmente, dicho triunfo también se explica porque el Frente logró una feliz

-aunque finalmente breve- amalgama de fuerzas políticas disímiles, ideológica y culturalmente.

El APRA y el mariscal Benavides estaban en la extrema izquierda y en la extrema derecha del espectro ideológico de entonces. Sin embargo, esta tensión se resolvía gracias a la postura moderada del grupo independiente.

Por otro lado, aunque tenía proyección nacional, el líder del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre, era un trujillano por sus cuatro costados; mientras tanto, la tercera pata del Frente provenía mayormente de Arequipa. En este caso, la participación del mariscal Benavides resolvía dicha tensión, haciendo viable la alianza victoriosa. Lamentablemente, su muerte, días antes de que Bustamante y Rivero asumiera la presidencia de la República, determinaría el fin del Frente.

En todo caso, la explicación fundamental del éxito electoral de Bustamante y Rivero radicó en su propia personalidad. José Luis no solo había declinado la candidatura oficialista sino que, a sus cincuenta y un años de edad, contaba con una importante trayectoria pública. Había sido autor del “Manifiesto” de Arequipa, enarbolado por el movimiento social que puso fin al Oncenio, régimen del presidente Augusto B. Leguía, en 1930 .

Asimismo, se desempeñó como ministro de Justicia e Instrucción del gobierno transitorio siguiente, alejándose del mismo cuando empezó a tomar un cariz autoritario.

LA HERENCIA Y EL MEDIO

José Luis Bustamante y Rivero nació el 15 de enero de 1894 en Arequipa, en el seno de una familia de prominentes hombres de Derecho. Entre ellos, destaca su abuelo paterno, Pedro José Bustamante y Alvizuri, quien fue presidente de la Corte Superior de Arequipa, de gran prestigio en el ámbito jurídico del país. Fue también colaborador cercano de Ramón Castilla y llegó a ser presidente de la Cámara de Diputados en 1858 .

Bustamante y Alvizuri estuvo casado con Salomé Barreda y García, con quien tuvo nueve hijos. El sétimo de ellos, Manuel Bustamante y Barreda, siguió sus pasos como magistrado de la Corte Superior de Arequipa. Casado con Victoria Rivero y Romero, tuvo también nueve hijos, el tercero de los cuales sería el futuro presidente de la República, José Luis Bustamante y Rivero. En 1923, este formó su propia familia, al casarse con María Jesús Rivera, con quien tuvo dos hijos, Beatriz y José Luis.

Bustamante y Rivero estudió en el Colegio San José, de padres jesuitas, en Arequipa, siendo excelencia en la promoción de 1910. Posteriormente, estudio Letras y Derecho en la Universidad de San Agustín, donde se recibió como doctor en Jurisprudencia en 1918.

Finalmente, estudió también Ciencias Políticas y Económicas en la Universidad San Antonio Abad, del Cusco, donde se recibió como doctor en estas materias en 1929 .

Durante su juventud, Bustamante y Rivero desarrolló una intensa labor intelectual, siendo cercano al grupo de escritores arequipeños El Aquelarre, en el que destacaban César Atahualpa Rodríguez y Percy Gibson. Publicó numerosos artículos y escritos literarios en los diarios El Deber de Arequipa y El Comercio del Cusco, haciéndose conocido en el ámbito literario y periodístico. De esos años, data su célebre poema “Ciudad que fue”, cuyos primeros versos son todavía recitados con devoción en Arequipa:

Esas casas viejas de las calles solas,

esas casas viejas y destartaladas

en que la carcoma de los años idos

desunió las tejas y horadó los nidos [...]

LABORES PROFESIONALES

Bustamante y Rivero se recibió como abogado en 1919, y se dedicó a la especialidad de derecho civil. Entre las actividades que desarrolló como abogado, destaca su condición de asesor legal de la Municipalidad de Arequipa y de los sindicatos ferroviarios de la misma ciudad, siempre ad honórem. Esta vinculación con los sindicatos, por cierto, despertó sospechas de inclinación izquierdista en los círculos empresariales arequipeños, a los que prestaba también servicios de asesoría legal.

Simultáneamente a la práctica del derecho, Bustamante y Rivero desarrolló también una intensa actividad docente, primero en el Colegio Seminario y luego en la Universidad de San Agustín. Allí dictó diferentes materias, primero en las áreas de Letras y Ciencias Sociales, y luego en la de Derecho. Sus alumnos de entonces lo recordarían siempre de una manera entrañable, como un maestro distinguido, muy cuidadoso en la presentación de sus lecciones.

En esas circunstancias de despegue profesional y académico se encontraba Bustamante y Rivero cuando se desataron los dramáticos acontecimientos que marcaron el final del Oncenio, en agosto de 1930. El rol protagónico que tuvo en esta coyuntura –mencionado en líneas anteriores- le dio una gran proyección nacional, que resultaría luego la antesala de su llegada a la presidencia de la República en 1945.

Al alejarse del gobierno de transición, Bustamante y Rivero retornó a sus actividades privadas en Arequipa. Sin embargo, al cabo de unos años, en 1934, ingresó a la carrera diplomática, como ministro plenipotenciario del Perú en Bolivia. Luego, desempeñó el mismo puesto en Uruguay, volviendo finalmente, en 1942, a Bolivia, ya nombrado como embajador del Perú. En esta situación, le fueron ofrecidas las candidaturas oficialista y de oposición para la presidencia en 1945.

En los diez años que actuó como miembro del servicio diplomático peruano, Bustamante y Rivero participó en importantes conferencias internacionales sobre temas de derecho y política latinoamericana, presentando ponencias de una marcada inspiración social cristiana, siempre con una impronta literaria innegable. Así, Bustamante y Rivero se fue perfilando como jurista, ideólogo y pensador de temas sociales.

PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA

José Luis Bustamante y Rivero asumió la presidencia de la República el 28 de julio de 1945, en medio de una situación política difícil, al haber el APRA declinado su ofrecimiento de designar a dos de los nueve ministros que entonces componían el gabinete. El APRA argumentó que “prefería concentrar por el momento su actividad en la función parlamentaria y mantenerse como ‘observador’ de la política del Ejecutivo” . Esto significaba que pasaba a la oposición y que, por tanto, se quebraba el Frente Democrático Nacional.

La no participación del APRA en el gobierno que había contribuido a elegir tiene distintas explicaciones. Por el lado del APRA, se ha insistido en que el ofrecimiento de dos carteras ministeriales era claramente insuficiente, a la luz de su contribución electoral .

Sin embargo, los largos años que estuvo fuera de la ley, durante los gobiernos de Óscar R. Benavides y Manuel Prado Ugarteche, seguramente generaron también una impaciencia muy grande en el APRA por hacerse del poder, haciéndole olvidar que el triunfo de Bustamante y Rivero no fue solo obra suya.

Además, como señalaría luego Enrique Chirinos Soto: “Uno de los motivos determinantes del fracaso del experimento democrático que se inicia en 1945 es la manifiesta incompatibilidad psicológica entre Bustamante y Haya. Bustamante es introvertido.

Haya, extrovertido. Bustamante es de Arequipa. Haya, de Trujillo. [...] Bustamante es hombre de gabinete. Haya es conductor de multitudes. Intelectualmente, el género de Bustamante es la prosa poética o el análisis jurídico. El de Haya es la oratoria. Bustamante está mejor que nunca cuando escribe. Haya, cuando habla .

El alejamiento del APRA, en todo caso, no inhibió la participación de personalidades independientes en el gobierno. Además del ya indicado Jorge Basadre, el primer gabinete -presidido por Rafael Belaunde- incluyó también a Luis Alayza y Paz Soldán en Justicia, a Óscar Trelles en Salud y a Rómulo Ferrero en Hacienda. En los gabinetes siguientes, Bustamante y Rivero convocó a profesionales no menos destacados, como Honorio Delgado, Luis Echecopar García, Enrique García Sayán, José León Barandiarán y Luis E. Valcárcel. En conjunto, Bustamante y Rivero supo rodearse de gente de primera línea.

ECONOMÍA Y POLÍTICA

La difícil situación política, configurada al inicio del gobierno de Bustamante y Rivero, complicó el adecuado enfrentamiento de los problemas económicos y financieros que enfrentaba el Perú. Bustamante y Rivero recibió un país con déficit fiscal, inflación y un Estado cada vez más intervencionista en la economía. Entrampado por su enfrentamiento con el Congreso, su gobierno pudo emprender el camino de la estabilización monetaria y la liberalización económica recién en 1948, poco antes de ser derrocado.

Como ha recapitulado Gianfranco Bardella, en 1939, con la coartada del estallido de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno del general Óscar R. Benavides dictó leyes que autorizaban controles de precios en productos básicos y alquileres. El gobierno siguiente, de Manuel Prado Ugarteche, expandió los controles, en 1942, al tipo de cambio. Finalmente, a inicios de 1945, el intervencionismo estatal incluyó a las importaciones y al comercio exterior. Estas medidas generaron el decaimiento, si no la paralización, de la actividad económica .

Además, dichos gobiernos establecieron subsidios para determinados productos alimenticios. La expansión del crédito, que se implementó para sostener tal política, generó un incremento anual promedio de los precios de 10,7% de 1939 a 1944. Para enfrentar esta situación, el primer ministro de Hacienda de Bustamante y Rivero, Rómulo Ferrero, propuso un plan de control del gasto y el endeudamiento públicos . Sin embargo, tal propuesta fue criticada por varios senadores del Frente, provocando su renuncia.

Solo en los que resultarían sus últimos meses de gobierno -con Rómulo Ferrero nuevamente a cargo de Hacienda- el gobierno empezó la liberalización del tipo de cambio y la eliminación de los subsidios. Sin embargo, el hipo en los precios que produjeron tales medidas terminó por abonar el terreno para el golpe de Estado. Encabezado por el general Manuel A. Odría, quien había sido su ministro de Gobierno, este se realizó el 27 de octubre de 1948.

El golpe fue alentado y financiado por la oligarquía feudal crispada por los impasses del gobierno y el Congreso, y más ampliamente de Bustamante y Rivero y el APRA. Le reprochaba al presidente haberse aliado al APRA, olvidando el detalle de que tal alianza había sido fundamental para su triunfo en las elecciones. En todo caso, al conocer la noticia del golpe, el poeta Martín Adán dijo: “El Perú ha vuelto a la normalidad”.

DESTIERRO Y RETORNO

Producido el golpe de Estado, José Luis Bustamante y Rivero fue deportado a Buenos Aires, Argentina. Allí inició un largo destierro y vivió una situación difícil, ya que no percibía la pensión que legalmente le correspondía. Sobrevivió gracias al apoyo de familiares y amigos, y a trabajos ocasionales. En los primeros momentos del destierro, redactó el libro Tres años de lucha por la democracia en el Perú, en el que explicaba los dramáticos acontecimientos ocurridos .

Bustamante y Rivero permaneció en Buenos Aires solo los primeros ocho meses. Luego se trasladó a Santiago de Chile, donde su esposa se estaba atendiendo por un accidente ocurrido en Antofagasta, cuando viajaba hacia Buenos Aires. Al cabo de seis meses, Bustamante y Rivero y su esposa viajaron a Nueva York, donde ella fue sometida a una segunda operación. Pasaron los cinco años restantes del destierro en Madrid y Ginebra.

A pesar de reiterados intentos durante los años siguientes, Bustamante y Rivero no pudo regresar al Perú, ya que el gobierno de Odría le aplicó la tristemente célebre Ley de Seguridad Interior de la República. En todo caso, en noviembre de 1955, alentado por la proximidad del cambio de gobierno, Bustamante y Rivero planteó un recurso de hábeas corpus, a través de su abogado Luis Bedoya Reyes.

Este recurso fue presentado ante el Segundo Tribunal Correccional de la Corte Superior de Lima, que presidía Domingo García Rada . Pese a haber sido nombrado por el gobierno de Odría, García Rada emitió un valiente voto singular, declarando fundado el recurso legal. Aunque los votos de los otros dos vocales fueron por la improcedencia, el voto singular tuvo gran impacto en la opinión pública. No tardaría el gobierno en permitir el retorno de Bustamante y Rivero.

El 9 de febrero de 1956, habiendo transcurrido más de siete años después de su deportación, Bustamante y Rivero regresó al Perú, y fue recibido por una multitud de simpatizantes.

En el mitin realizado luego en la plaza San Martín de Lima, Bustamante y Rivero pronunció un emocionado discurso. Situación similar vivió poco después en la Plaza de Armas de Arequipa. No pudo ser más cálido el recibimiento.

JUEZ Y ÁRBITRO INTERNACIONAL

En las tres décadas finales de su vida, Bustamante y Rivero recogió abundante cosecha del prestigio profesional y personal ganado en sus actividades académicas, profesionales y políticas. De 1960 a 1969, por lo pronto, se desempeñó como juez de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, en Holanda, principal órgano de administración de justicia de las Naciones Unidas. De 1967 a 1969, presidió esta Corte, donde dejó un muy grato recuerdo.

Posteriormente, en las décadas siguientes, ya retirado de esta labor, tuvo delicados encargos profesionales para resolver conflictos internacionales. El más importante de estos lo recibió en 1980, cuando Honduras y El Salvador le solicitaron su mediación para resolver una antigua disputa territorial. La solución que planteó Bustamante y Rivero fue plenamente satisfactoria para las partes, al punto que fue propuesto al Premio Nobel de la Paz.

Conjuntamente con estas actividades de juez, mediador y árbitro internacional, Bustamante y Rivero mantuvo una vigilante atención del proceso político peruano, pronunciándose sobre este cuando las circunstancias lo requerían. Especialmente significativo fue su rechazo a la estatización de la prensa realizada en 1974 por el gobierno del general Juan Velasco: “Gobierno es un vocablo que indica y entraña una bilateralidad consciente de voluntades: gobernantes y gobernados. Si esa bilateralidad no funciona, no hay gobierno posible; habrá, sencillamente, dos elementos dislocados, el orden de mando y la obediencia impuesta. En total, el absolutismo” .

Diez años después, desempeñándose como senador vitalicio, se opuso a que el Perú firmara la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, pues implicaba cercenar las doscientas millas de mar territorial que su gobierno había reivindicado el 1 de agosto de 1947, con amplio respaldo de la comunidad internacional. Al hacer suya la postura de Bustamante y Rivero, el Perú quedó, por cierto, en la importante compañía de Estados Unidos.

José Luis Bustamante y Rivero falleció en el Hospital Militar de Lima, el 11 de enero de 1989, al borde de los noventa y cinco años de edad. Aunque el país pasaba entonces por un momento especialmente difícil, sus exequias expresaron el profundo respeto que había llegado a merecer por parte de toda la ciudadanía.

BALANCE TENTATIVO

Casi dos décadas han pasado ya de su partida. Visto a esa distancia, sin embargo, Bustamante y Rivero mantiene intacta la talla de patricio republicano que le fuera reconocida en sus años finales . Evidentemente, no se trató de una persona que buscó el poder.

Ocurrió, simplemente, que se encontró con él -en 1930 primero y en 1945 después-, debido a que especiales circunstancias en la política peruana hicieron atractivo su perfil de hombre de derecho.

Ya en el poder, su preocupación central fue, claramente, consolidar al estado de derecho en el Perú. En el mismo escrito antes citado, respecto a la libertad de expresión, Bustamante y Rivero brindó una perspectiva del mismo que coincidiría perfectamente con la de una de los grandes pensadores liberales del siglo XX, Friedrich A. Hayek: “Lo que hace falta en toda época y bajo cualesquiera circunstancias es un ordenamiento legal, una pauta preestablecida, un gobierno sin sorpresas, una posibilidad de apelación democrática ajena al capricho de los hombres, que señale lo razonable, lo prudente, lo justo. Y luego, el libre diálogo, la vida sin temor” .

Por lo demás, no debe olvidarse tampoco que, dentro de las difíciles circunstancias políticas en las que actuó, buscó establecer una economía sana, liberalizando precios y eliminando subsidios. Estas políticas fueron iniciativa de su ministro de Hacienda, Rómulo Ferrero, pero fue Bustamante y Rivero quien les dio sostén político. En la década siguiente, gracias a ellas -mantenidas y profundizadas por los dos gobiernos siguientes-, el Perú emprendería una etapa de crecimiento.

Por ello, aunque su pensamiento político y económico estuviera siempre teñido de un pathos social cristiano, puede afirmarse que -dado su amor a la ley y su rechazo al abuso, a la arbitrariedad y al capricho- pocos hombres contribuyeron tanto como José Luis Bustamante y Rivero a la causa de la libertad en el Perú. Por ello mismo, los peruanos, de su tiempo y del nuestro, mantenemos vivo su recuerdo.

BIBLIOGRAFÍA

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BARDILLA, Gianfranco (1989). Un siglo en la vida económica del Perú: 1889-1989. Lima: Banco de Crédito del Perú.

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BUSTAMANTE DE LA FUENTE, Manuel J. (1955). Mis ascendientes. Lima: edición privada.

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———— (1949). Tres años de lucha por la democracia en el Perú. Buenos Aires: sin editor.

CHIRINOS SOTO, Enrique (1982). Historia de la República. Perú, 1821-1982, segunda edición. Lima: Minerva.

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GARCÍA RADA, Domingo (1978). Memorias de un juez. Lima: Andina.

HAYEK, Friedrich A. (1973 y 2006). Derecho, legislación y libertad: Una nueva formulación de los principios liberales de la justicia y de la economía política, edición en español, en dos versiones: Madrid: Unión Editorial, 1973, y Guatemala: Universidad Francisco Marroquín, 2006.

REY DE CASTRO, Jaime (editor) (1985). Testimonio de una generación: los social cristianos. Lima: Centro de Investigación de la Universidad del Pacífico (CIUP).

SALAZAR LARRAÍN, Arturo (1994). Rómulo A. Ferrero: pensamiento y acción, tomo I. Lima: Instituto de Economía de Libre Mercado.

SÁNCHEZ, Luis Alberto (1987 [1969]). Testimonio personal, tomo II, “El purgatorio 1931-1945”, segunda edición. Lima: Mosca Azul.

SARDÓN, José Luis (1987). “El zorro de arriba. Entrevista a Luis Alberto Sánchez”. En: revista Debate. Lima: marzo-abril, 9(43), pp. 10-14.

———— (1989). “El gran patricio”. En: El Comercio, suplemento «Dominical». Lima: 5 de marzo, p. 13.

miércoles, 3 de junio de 2009

Maestro y Amigo – Recuerdo de la hija - Oiga 17/01/1994

"Yo estaba en Buenos Aires, con mi madre, cuando recibí la noticia de que mi padre había sido elegido Presidente Constitucional del Perú. La noticia no era nada nueva, las encuestas lo ubicaban en el primer lugar..." nos relata doña Beatriz, hija del ilustre demócrata. Tenía por entonces dieciocho años.

Le pedimos que recuerde a su padre y nos lo describe en dos palabras: "Era muy serio y mesurado". Una persona muy preocupada por su trabajo pero siempre tenía tiempo para su pequeña familia: ella, su hermano y su madre.

"Esos momentos, en los que él se acercaba a nosotros con la ternura de un niño, son inolvidables. La atención que nos dispensaba era muy particular. Con el amor de padre, el conocimiento de un maestro, pero sobre todo con la calidad humana que poseía, nos sentíamos muy seguros...".

La sed de conocimiento de don Luis era tan grande que lo hacía volcarse en lecturas interminables. Mucho antes de llegar a la Casa de Pizarro, ya en ella y por muchos años después. "Siempre tenía a mano un libro y una libreta de apuntes. A menudo y hasta los últimos tiempos siempre hizo sus cosas solo. Sus borradores, de su puño y letra, los corregía él mismo y luego los pasaba en limpio. Únicamente se me viene a la memoria la señorita Cordero, su única secretaria y en el tiempo que fue presidente".

"Tuvo que venir el accidente -continúa doña Beatriz- un domingo que regresaba de misa a tempranas horas. Había ido, como de costumbre, a la Virgen del Pilar, cuatro cuadras distantes de donde vivía. Apretó el paso y cayó apoyando su peso en el brazo derecho. Fue imposible que siguiera como antes. Su salud se fue quebrantando. Fue el comienzo de su fin...". Su rostro toma otro cariz, doña Beatriz está triste. Siente el deceso de su padre como si fuera ayer.

Lamenta que el patricio no pudiera cumplir con la promesa que les hizo de editar sus memorias. "Cuando ya estaba a punto de hacerlo... siempre surgían contratiempos. Dejó borradores pero de ninguna manera constituyen ni siquiera una pequeña parte de todo lo que el demócrata realizara".

Doña Beatriz se siente orgullosa de ser la hija de don José Luis y nosotros de haber tenido una figura como él.

El último Consejo de Ministros - “He de salir muerto o prisionero” – Oiga 17/01/1994

TESTIGO de excepción de los dramáticos sucesos de octubre del 48, el doctor Javier Vargas nos reveló -a raíz del fallecimiento del patricio arequipeño- los entretelones del último Consejo de Ministros del gobierno del doctor Bustamante:

"La noche anterior, los jefes de la guarnición de Lima habían expresado su lealtad al gobierno. Grande fue nuestra sorpresa cuando luego presentan un ultimátum pidiendo la renuncia del Presidente. La última sesión la presidió Armando Revoredo. Ahí, se le expuso al Presidente la situación. Analizando el documento, el doctor Bustamante, refiriéndose al planteamiento de su renuncia, expresó que la entrega del poder sólo se podía hacer con la voluntad de quien lo ha entregado, y que en este caso sólo podía devolverlo al pueblo, por lo que rechazaba el pedido. Afirmó después que esta actitud no significaba un apego al poder, sino respeto a este legado sagrado que defendería aun con su vida si fuera preciso”.

El doctor Vargas recordó que cuando el ministro de Guerra, general Torres, luego de reiterar su adhesión al gobierno, expresó su inquietud por la vida del Presidente y sugirió su renuncia, el doctor Bustamante se incorporó de su asiento y exclamó: “No siga usted, señor ministro, yo no saldré de aquí sino muerto o prisionero".

El ilustre patricio cumplió su palabra. No renunció, como falsamente afirmó un comunicado suscrito por el general de brigada Zenón Noriega el 30 de octubre de 1948, y de ello dejó constancia el doctor Bustamante en una carta dirigida al diario 'La Razón' de Buenos Aires, dos días después de la aparición del comunicado. Esto lo corroboró el doctor Vargas mostrando el acta de la última sesión del gabinete, documento que él guardó en su calidad de secretario del Consejo de Ministros y que nos prestó para que lo publicáramos.

Las últimas palabras que dirigió el presidente Bustamante a sus ministros y amigos, el viernes 29 de octubre, luego del triunfo de la revolución y estando a punto de ser deportado, fueron recogidas textualmente por el periódico 'Jornada', en su edición del 13 de noviembre de 1948:

"Soy todavía Presidente de la República. Seguiré siéndolo hasta que trasponga las fronteras de mi Patria, y seguiré siéndolo más allá de esas fronteras, pues es la fuerza la que me saca; pero tengo la satisfacción, modestamente, serenamente, pero firmemente, como cumple a la investidura de un Presidente, de haber dicho a quienes pretendieron que yo entregara el cargo, que formulara mi renuncia, que un Presidente de la República no dimite porque su mandato emana del pueblo".

Hermoso ejemplo de coraje brindado por un hombre que, por sobre todas las pasiones de su época, tuvo como meta la construcción de la democracia en el Perú:José Luis Bustamante y Rivero fue, él sí, un Presidente para 'todos los peruanos'.

"El fue siempre un hombre austero. Incluso, estando en el exilio padeciendo estrechez económica, rechazó el dinero que un grupo de amigos había reunido en una colecta para ayudarlo en ese difícil momento, afirmando que con lo que ganaba con su trabajo bastaba para sostener a su familia". Con estas frases el doctor Vargas evocó la personalidad del doctor Bustamante y Rivera aquella tarde de enero de 1989 en que lo entrevistamos en su domicilio.

La campaña del 45 - Cómo se organiza el Frente – por Fernando Belaunde Terry (ex Presidente Constitucional del Perú) - Oiga 17/01/1994

EL proceso electoral de 1945 no puede desligarse de la situación mundial de aquel año, que marcaría la muerte de Franklin D. Roosevelt, causada tal vez por su agotamiento físico a los 63 años y la dramática desaparición de Hitler, a los 54, en el derrumbe del poderío nazi.

La victoria fue, fundamentalmente, de las democracias, pese a la participación soviética eclipsada, a pesar de su heroica defensa, por sus ambivalencias iníciales. La temprana complicidad con Hitler había debilitado moralmente su posición.

El éxito de las democracias creó una fuerte corriente por la autenticidad de los gobiernos, basada en la pureza del sufragio. Desde la última etapa de la guerra, en que se veía venir el triunfo, parecía imposible llevar a la práctica, en el Perú, alguna imposición electoral.

Esa circunstancia benefició a los partidos perseguidos, entre los cuales destacaba el Apra, aunque también figuraba su viejo rival, la Unión Revolucionaria, con lo que había quedado de ese movimiento, después del asesinato de Sánchez Cerro.

Destacadas personalidades reclamaban, desde tiempo atrás, elecciones libres y anhelaban que se hiciera viable una fórmula de reconciliación nacional.

Mi padre la había sugerido insistentemente al presidente Benavides. Mas éste, que parecía permeable a aquella idea, desistió de ella a raíz de los sucesos de febrero de 1939, en que su propio Ministro de Gobierno, el general Antonio Rodríguez, encabezó un golpe en que habría de perder la vida. Esta circunstancia creó un clima de tensión en aquel año electoral y, el gobierno saliente, volcó todo su apoyo a la candidatura del doctor Manuel Prado. Fue durante el nuevo gobierno que se desenvolvió el drama de la Segunda Guerra Mundial, con los efectos que he anotado.

Al principio tomó cuerpo la candidatura del general Eloy Ureta que parecía tener el apoyo oficial. Sin embargo, la corriente de opinión por una fórmula democrática de reconciliación nacional, comenzó a plasmarse. En Arequipa, desde diciembre de 1943, se había forjado un movimiento que, poco después, crearía su 'Comité Departamental' que, el 3 de junio de 1944, hizo un llamado al país, concretado en cinco puntos, todos ellos en demanda de un proceso electoral auténtico. Presidió el Comité Departamental don Manuel J. Bustamante de la Fuente, destacado jurista, secundado por Julio Ernesto Portugal, Jorge Vásquez, Jaime Rey de Castro, Carlos Lira Gámez, Javier de Belaunde y otros destacados ciudadanos.

Mi padre, que se encontraba entonces en un destierro voluntario, reclamaba con decisión y firmeza la democratización del país. Don José Gálvez aglutinaba a personalidades imbuidas de ese mismo propósito. Haya de la Torre, estando todavía el Apra fuera de la ley, se encontraba dispuesto a promover, decididamente, el movimiento, sin abrigar ambición personal. El propio Mariscal Benavides que pronto habría de regresar al Perú, secundaría resueltamente la nominación de la candidatura del Frente Democrático Nacional de 1945.

En Lima se había creado el Comité Central del Frente, presidido por el doctor José Gálvez; las cuatro secretarías estaban a cargo de Enrique Dammert Elguera, Jorge Luis Recavarren, Alfredo Calmet y yo mismo, en un esfuerzo por llevar brisas juveniles al Comité, en el que participaban junto a José Gálvez y Rafael Belaunde, distintas personalidades. Alguna de ellas como Manuel Mujica Gallo y Manuel Diez Canseco, no habrían de permanecer en el movimiento por existir determinadas desavenencias. Lo integraron Pedro Rubio, Manuel D. Faura, Adolfo Laines Lozada, Oscar Leguía, Agustín Haya de la Torre, Rogelio Carrera, J.M. Valega, Jorge Dulanto Pinillos y otros ciudadanos de evidente vocación democrática. Más tarde, aunque sin formar parte del frente, se adhirieron personalidades cercanas a Benavides, como Héctor Boza. El mariscal suscribió, independientemente, un concluyente documento respaldando la candidatura, proclamada oportunamente por el frente, del doctor José Luis Bustamante y Rivero.

El candidato proclamado había declinado, meses antes, una invitación para postular en lo que él juzgó, con evidente acierto, que se trataría de una candidatura oficial. Ese acto de desprendimiento actualizó su personalidad que era, por demás, debidamente reconocida, como jurista, como diplomático y como escritor de notable talento. Un antecedente político importante que, con delicadeza, él nunca quiso explotar, fue el de haber redactado el Manifiesto de Arequipa que suscribiera, en la revolución de 1930, el comandante Sánchez Cerro. Sin embargo, llevado al Ministerio de Justicia, su permanencia en él fue breve, seguramente por hacerse ostensible alguna incompatibilidad. Todas las intervenciones del doctor Bustamante en la campaña, destacaron por su profundidad, concisión y elegancia. Alguna de ellas -el Memorándum de la Paz- fue un documento de especial firmeza al que él habría de aludir en varias ocasiones.

La llegada del candidato dio lugar a una gran manifestación en el Estadio Nacional, en que pronunciaron brillantes discursos, tanto de él, como del doctor Gálvez quien le dio emotiva bienvenida. Poco después, con motivo de la reaparición del Apra después de largos años de ostracismo, se llevaron a cabo, el 24 de mayo de 1945, las manifestaciones del Campo de Marte y de la plaza San Martín, en que Haya de la Torre se reencontró con el pueblo. Fue una emotiva y multitudinaria actuación que dio lugar a un memorable discurso del jefe aprista.

Aunque no faltaron momentos de cierta tensión política dentro del frente, el movimiento adquirió un respaldo electoral que ya presagiaba su concluyente victoria. La candidatura Ureta continuó en la lucha, pero obtuvo en las ánforas un segundo puesto bastante lejano del candidato triunfante. No habiéndose alcanzado un acuerdo entre Bustamante y Haya de la Torre para la formación del Gabinete, mi padre aceptó constituirlo con destacadas personalidades independientes, como Jorge Basadre, Rómulo Ferrero, Carlos Basombrío, Luis Alayza y Paz Soldán, Javier Correa Elías, todos imbuidos del desinteresado propósito de consolidar el esfuerzo de reconciliación nacional.

Empero, antes de cumplir dos meses de la difícil gestión, y hostilizados varios miembros del gabinete por la representación aprista, se produjo una primera crisis. Mi padre aceptó, en gesto de evidente abnegación cívica, presidir el nuevo gabinete en que se integrarían Luis Valcárcel, el eminente peruanista, y los ingenieros Carlos Montero y Gonzales Tafur.

En lo que a mí respecta, a los 32 años, como integrante del movimiento, me tocó presidir la Comisión de Prensa y Propaganda de aquella memorable campaña. Accediendo a la invitación del doctor Bustamante y Rivero, ingresé a la Cámara de Diputados donde, poco después, me tocó presidir el núcleo de representantes del Frente Democrático. Orienté mi labor a los campos de mi especialidad, principalmente en lo que atañe a la vivienda de interés social y al planeamiento urbano. Fueron mis primeros pasos en la vida pública que me permitieron participar intensamente en aquel movimiento, infortunadamente breve, de reconciliación nacional y autenticidad democrática.

¿Qué ha quedado de esta histórica experiencia? La convicción de que la armonía es posible, aunque difícil de mantener. En el triunfo del Frente Democrático hubo casos notorios de desprendimiento y sagacidad. La figura de Haya de la Torre demostró su máxima proyección popular. El gobierno de Prado actuó atinadamente y el doctor Bustamante condujo su campaña con firmeza, aunque evitando distintos amagos que la amenazaron. Aunque Ejecutivo y Legislativo compartieron la victoria, pronto apareció un enfriamiento que los alejó día a día. Mi padre advirtió, en todo momento, el peligro que este divorcio de los dos poderes significaba para la estabilidad del régimen. Todo ello creó hondas preocupaciones hasta despejarse las últimas brisas de la armonía, que tanto esfuerzo había costado crear.

Derrocado el presidente Bustamante y Rivero, y en un necesario esfuerzo de síntesis, quiero mencionar algunos acontecimientos fundamentales para enjuiciar su obra. Es el lúcido promotor de las 200 millas marítimas que, con distintos matices propiciaba Chile y que, más tarde, secundó Ecuador. Dicha acción significaría, seguramente, el mayor aporte de América Latina al Derecho Internacional.

Y, en cuanto al reconocimiento personal, quiero concluir con un acto que exaltó una emotiva reunión que se realizaba, en Palacio, durante mi primer gobierno, cuando me tocó anunciar que el Tribunal Internacional de Justicia de La Haya había elegido presidente al doctor José Luis Bustamante y Rivero.

Más tarde, en mi segundo gobierno y, en el recinto que desde entonces llamamos el 'Salón de la Paz', llevando la armonía al ámbito internacional, Bustamante y Rivero preclaro mediador entre El Salvador y Honduras, estuvo presente con los emisarios de esas naciones hermanas, para poner término al conflicto que las había separado.

Hacia las obras completas – Un pensamiento integral – por Pedro Planas Silva - Oiga 17/01/1994

SOLO a el desdén y la pereza pueden suponerse factores suficientes para explicar el porfiado olvido en que reposa, no, felizmente, la señera figura de Bustamante, sino su pensamiento múltiple, aquel que se deslizó con igual destreza por el estricto mundo de la ética y del derecho, por la belleza y sensibilidad del paisaje o por las abigarradas y contusas estructuras sociales. Así como suele sorprender al ciudadano común que aquel hombre de frágil apariencia y ponderado hablar tuviese firmeza en el carácter y perseverancia en los principios, virtudes casi extinguidas en nuestro suelo, aun mayor será el impacto que en él causaría la atenta lectura de sus páginas sociológicas, en las que dictamina el avanzar de las 'masas' y encapsula nuestra realidad social en siete magistrales ensayos, delineando, desde el puntual acercamiento al enfermo, el tratamiento colectivo que considera impostergable: emprender un sincero y profundo 'programa de renovación', Como no es solamente un jurista, Bustamante ingresa con aplomo al diagnóstico social. Y como no es solamente un intelectual, culmina su precioso 'Mensaje al Perú', advirtiendo que el programa no basta si es que no lo acompaña el compromiso vivo y decidido hacia la acción.

Páginas tan diversas, dictadas por su conciencia. Páginas tan densas algunas, profundas todas, como el alma que las inspira. En esta sociedad de ornamentas y de títulos, sintió insuficiente exhibirse en los foros como ex presidente y retornó su lucha activa, en 1955 como en 1974 o en 1984, desde su trinchera ciudadana, enarbolando su imperecedero magisterio cívico como arma suprema, aquel mismo magisterio que erigió como estandarte en el dintel de Palacio de Gobierno, cuando ocupó la primera magistratura. Descuidada como está su estatura moral, asaltada y desfigurada por quienes al mofarse del 'cojurídico' parecen ignorar que descartan, para el Perú, un futuro civilizado, resulta inexplicable que los almanaques transcurran, los valores se inviertan y las historias se repitan, sin que, por lo menos sus más fieles reclamen la presencia de don José Luis -de su voz y de su pluma- como uno de los tesoros más preciados y eficaces para enderezar nuestros destinos.

Hace casi ocho años, juveniles esfuerzos se congregaron para propiciar un feliz encuentro del mensaje integral de Bustamante con las nuevas miradas que asomaban en este incierto Perú, tanteando rumbos y sorteando carismas. Vano esfuerzo que hubo de tropezar con aquel desdén en el lugar menos imaginado, ahí donde los agradecimientos suelen ser recíprocos. Si hay acuerdo en que su profesión de fé en el Perú aún nos interpela en lo más hondo; si las convicciones que él quiso animar no niegan eficacia a su permanente convocatoria y piensan -como él- en el Perú de mañana; si este centenario de su natalicio que hoy recordamos no es un simple alto en el calendario de rituales y quienes hoy proclaman con intensidad su grave magisterio resuelven compartirlo y difundirlo, podrá, entonces, don José Luis, reconquistar el pedestal que le corresponde en la forja de la conciencia nacional: Y desde entonces, su firme pluma trasmitirá un arraigado de amor hacia los destinos patrios que ningún desdén y ninguna otra pereza podrán hacer sucumbir, Y lo trasmitirá de generación en generación.

Sus Escritos Jurídicos involucran el vivir del Derecho -en sus múltiples facetas- y más variados agentes. La Ideología de Francisco García Calderón (1934), homenaje al ex Presidente de la Magdalena y presidente del Senado, jurista e internacionalista, defensor insobornable de la dignidad territorial del Perú, rector -pero sobre todo maestro- universitario, en el centenario de su nacimiento. La Misión del Abogado (1960), al asumir el decanato del Colegio de Abogados. Sobre la función del juez (1960), al ser nombrado juez del Tribunal de La Haya. Su discurso Crisis Actual: Crisis de Justicia (1968), pronunciado en el Colegio de Abogados al asumir la presidencia de la Corte de La Haya. Su estupenda -y ampliamente recomendable hoy, en el Perú conferencia dictada en La Rábida sobre La sobreestimación del Derecho en el mundo (1953). Su texto Mundo y Derecho, publicado en el libro homenaje a Basadre (1978). Su célebre discurso, como Presidente de la República, en la V Conferencia Interamericana de Abogados (1947). Y junto a ellos, por cierto, su tesis de 1920, exigiendo reformar el Código de Justicia Militar que, en nombre del 'orden público', permitía que tribunales militares juzguen a civiles y cuyo contenido principista ha adquirido inesperada actualidad siete décadas después.

Entre sus Escritos Diplomáticos ocuparían lugar primordial sus frecuentes exposiciones en defensa de la tesis peruana de las 200 millas, como, por ejemplo, sus textos Dominio Territorial: Exposición de Motivos (1955) y La Doctrina Peruana sobre el Mar Territorial (1959). Además, su discurso en Palacio de Gobierno, tras actuar como árbitro en el conflicto entre El Salvador y Honduras (1980). Su conferencia en Madrid, sobre La ONU y los territorios pendientes (1953) y algunas intervenciones en esta materia como Senador Vitalicio.

Entre sus Documentos Políticos, además del memorable Manifiesto de Arequipa, (1930), habremos de leer, con la misma consistencia, su Memorándum de La Paz (1945), su Condena al Estatuto de Prensa (1974), su Mensaje desde el Destierro (1949) y su Convocatoria a una Convergencia Democrática (1984). Junto a ellos, su discurso en el estadio Nacional como candidato presidencial del Frente Democrático (abril de 1945), su resonante discurso al asumir la Presidencia (julio de 1945), su Radiomensaje de 1948, su mensaje de despedida (octubre de 1948) y los bellos párrafos del mensaje presidencial de 1946 vinculando la orientación de una Nación con la forja de valores ciudadanos. Y no puede faltar, con ellos, su libro-testimonio, publicado en Buenos Aires, con orgulloso título: Tres años de lucha por la democracia en el Perú (1949).

Dos son sus documentos sociales o Escritos Sociológicos. Su célebre Mensaje al Perú (1955), en el que aborda el fenómeno de las 'masas' y el del progreso tecnológico y el de la ansiedad, aunándoles una minuciosa vivisección de la realidad peruana encuadrada en siete grandes problemas nacionales: la democracia, el indígena, la tierra, la vivienda, la descentralización, la juventud y el problema económico y hacendario. Y su conferencia en la Semana Social en torno a tan aguda materia: Perú: Estructura Social (1959). Tras este título, quiere despertar en nuestras conciencias el papel de los conflictos sociales y la potencial dimensión de la hoy tan socorrida sociedad civil, cuya 'conciencia anímica' constituye -para Bustamante- el motor de la vida en comunidad. Aquí podríamos agregar su precursora tesis de 1918, acerca de La Crisis Universitaria, publicada pocos meses antes de iniciarse el movimiento de reforma en San Marcos y que transformó al joven Bustamante, aunque resulte insólito, en el único estudiante que había abordado con meditación y rigor el problema íntimo de la Universidad Peruana.

Aunque hay muchos más textos y discursos que sobrepasan este registro, hay que considerar que no es abundancia de páginas lo que revela profundidad de pensamiento. Cierto que no debe faltar su solemne discurso al recibir las Palmas Magisteriales (1981) o su semblanza de la obra peruanista del joven Francisco García Calderón, trasmitida al incorporarse a la Academia Peruana de la Lengua (1959), como su Visión del Perú (1940) o su Elogio de Arequipa (1941) o; por supuesto, su discurso inaugural en el simposium sobre 'Democracia y Economía de Mercado', advirtiendo respecto al "abuso de la libertad" delante de von Hayek y de sus rendidos aduladores. Hay más, mucho más, es cierto. Pero no reclama Bustamante un lugar en nuestros empolvados estantes, sino en nuestra amilanada conciencia. Por eso, ahora que festejamos, hay que asumir en nuestra lealtad de conducta, aquel testimonio que con tan justificada solemnidad recordamos.

Bustamante y la sociedad civil – por Sergio Ferreyros Pinasco - Oiga 17/01/1994

EL aporte humanista a la comprensión de la problemática social del Perú, esbozado por Bustamante y Rivero, constituye un momento importante y privilegiado del quehacer intelectual peruano. En el momento presente, resulta particularmente necesario rememorarlo, por cuanto se observa por doquier una profunda desorientación, expresada en el desconocimiento de la propia historia (lo que nos condena a repetir errores), en el permanente espíritu de polarización (que destruye la posibilidad de alcanzar consensos e impide la percepción objetiva de la realidad) y, lo más grave, en el olvido de la dignidad del hombre y de los derechos que le son inherentes, para relegar el desarrollo de su personalidad a planteamientos ficticios que rinden culto al Dios-Estado o al Dios-Mercado.

Las líneas básicas del pensamiento social de Bustamante pueden desprenderse del análisis de su ensayo 'Las Clases Sociales en el Perú', preparado en 1959, con ocasión de la Primera Semana Social del Perú convocada por el Episcopado Peruano. Es un estudio de evidente impronta sociológica, en el cual Bustamante, con seriedad y precisión académica, alejándose del discurso retórico y efectista tan frecuente en la sociología nacional, busca descubrir, detrás de las clases sociales, la situación concreta del hombre peruano y las pautas para auspiciar su desarrollo integral. Es un ensayo que tiene vigencia, porque esa gran pregunta, la pregunta sobre el desarrollo y la justicia para el hombre peruano, sigue esperando respuesta.

Para Bustamante, el punto de partida para iniciar el proceso de cambio en el Perú, se fundamenta en dos pilares: el diagnóstico preciso de la realidad social y la clara conciencia del valor supremo de la persona humana, entendida como fundamento y fin de la vida social, llamada a vivir en solidaridad y orientada a un destino trascendente. Este criterio de aproximación entraña una gran enseñanza para el presente, en el que el espíritu 'pragmático' olvida con frecuencia el vínculo entre la realidad y el deber ser, que es el norte de los cambios efectivos. Vivimos hoy bajo la imagen mítica de una 'eficacia' que muchas veces se vuelve, en sus métodos, contra el propio desarrollo humano.

Para el autor, reflexionar sobre las clases sociales en el Perú le permite aproximarse a las múltiples vivencias del hombre peruano. Es el medio para comprender la dinámica de sus aspiraciones, su situación económica, el nivel y los matices de su cultura, la naturaleza de sus conflictos y las dimensiones de su solidaridad.

En el aspecto conceptual, hace un conjunto de precisiones importantes sobre el término clase, que son útiles para entender la orientación humanista de su reflexión. Se trata de una categoría que debe permitir entender al hombre en su vida social, comprender -como diría Ortega y Gasset- su 'circunstancia'. No es, para él, una cerrada categoría como aquella que el marxismo pretendió imponer, y que implicaba la fatal determinación del hombre por la estructura económica y alentaba un conflicto irreconciliable. Plantea Bustamante que el ser humano, desde su esencial e irrenunciable libertad, ha participado en muy distintos tipos de estructuraciones sociales y que, en la actualidad, ésta se configura en un conjunto de grupos humanos interrelacionados por múltiples influencias culturales, políticas, económicas, geográficas y sociales, cuya comprensión es indispensable para garantizar la justicia como obra común y solidaria y sobre ello nos dirá: "El problema social ha cobrado con ello una fisonomía nueva que abarca, además del económico, otros aspectos más elevados de orden cultural, político y espiritual. En otros términos, el problema social de nuestros días es el problema de la persona humana en la integridad de sus dimensiones y de sus aspiraciones, como un sujeto a quien atañen exigencias de justicia que han de serie reconocidas cualquiera que fuese el grupo social en que esté ubicado. En cuanto a dignidad específica y al respeto de sus atributos, la persona humana no sufre una catalogación de sus individuos en clases. Por consiguiente, frente al hecho de la existencia de clases o escalones sociales en razón de situaciones externas imprescindibles para el desarrollo orgánico de la sociedad, se preconiza una política que, en medio de las inevitables diferencias, salve y preserve los derechos primarios de la personalidad".

Tan distante de la dialéctica marxista entre dos clases como del individualismo -estilo Robinson Crusoe- que prescinde de la realidad social, rehúye, como veremos, cualquier esquema simplista. Su enfoque de las clases sociales deriva en el reconocimiento de la autonomía de la sociedad civil: "Estaremos más cerca de la verdad si contemplamos en el conglomerado social como la superposición de estratos múltiples, como una concatenación de grados o categorías, o, mejor, como un agrupamiento de sectores diversos, como una concurrencia de grupos varios, con características propias, económicas, raciales, culturales, consistentes en modos peculiares de vida y costumbres, y a quienes liga un vínculo complejo de unidad geográfica, de intereses recíprocos y de comunes fines sociales".

Los distintos grupos sociales que conforman el Perú de los años sesenta desfilan bajo minuciosa descripción. A la clase adinerada del Perú, por ejemplo, la describe con tal imparcialidad que lo que la valora es sus méritos y la critica, severamente, por sus carencias morales y porque, a pesar de los ingentes medios con los que cuenta a su favor, "no ha legado a ser una verdadera clase directora, en el sentido de imprimirle al país un tono de vida concorde con el avance de los tiempos y con la idea cristiana. Nuestra estructura interna, en lo económico y en lo político-social, padece un atraso de muchas décadas; y el contraste existente entre este estado anacrónico y las impacientes exigencias actuales de la conciencia popular suscita un clima de tensión peligroso y dañino". La voz de Bustamante es la del hombre preocupado por el futuro del Perú, que siente la necesidad de denunciar una situación de indiferencia y de ciego conformismo, que debe ser urgentemente corregida.

Se ocupa también, con detenimiento y precisión, de la situación del sector rural campesino. Observa que, en él, se perciben algunos avances, especialmente en el sector de la costa, en cuanto a justicia en sus relaciones laborales. Pero es muy enfático en denunciar los diferentes mecanismos opresivos y problemas que subyugan al campesinado de la sierra. Sus denuncias se centran, esta vez, en la injusta distribución de la tierra y en el descuido clamoroso al que se ha sometido al hombre del campo, privándole de políticas de educación, acceso a la tecnología y financiamiento agrícola para mejorar su nivel de vida. Subraya la necesidad de establecer una política de integración técnica y de promoción cultural para el poblador de la sierra. Considera que la Reforma Agraria es una necesidad, que debe encararse con madurez y respeto al principio de propiedad privada, aunque es claro al afirmar que "... allí donde el egoísmo y la incomprensión del problema se muestran reacios a toda innovación o donde perduran métodos de repudiable abuso o dureza, la ley misma se encarga de señalar los medios de adquisición forzosa de la propiedad que permitirían asignar ésta a los campesinos aborígenes, con la adición de elementos crediticios y de asistencia técnica del Estado para elevar sus índices de producción. Y ello, con la parsimonia exigida por toda obra o empresa en que está de por medio un problema social de tan compleja contextura. Son fatales en estos casos las improvisaciones y las impaciencias. No se improvisan ni la educación que el indio requiere para asumir sus nuevas responsabilidades sin peligro de un tremendo fracaso, que ya se ha dado en otras partes...". A la luz de la historia que vendría, resultaron muy premonitorias sus palabras.

En cuanto al sector obrero urbano, Bustamante resalta el inicio de una dinámica de ascenso social -avalada en un progresivo acceso a la educación- que anuncia un camino evolutivo para edificar una sociedad más justa. Enfatiza la importancia del sindicalismo como factor fundamental para promover una relación de auténtica justicia entre la patronal y los trabajadores, aunque también advertirá respecto a sus deficiencias y peligros: "Bajo la gran empresa, y también en la mediana, la sindicalización obrera, por todos conceptos legítima, se ha extendido con notable profusión y ha servido, sin duda, para alcanzar mejoras salariales y de otra especie, y para divulgar el empleo de los pactos colectivos de trabajo. Sin embargo, el sindicato no ha madurado todavía. No siempre los dirigentes sindicales saben sustraerse al influjo de corrientes demagógicas o de tendencias políticas de partido, y a veces el sindicato va a la demagogia, aun sin el beneplácito de la mayoría".

Al reflexionar sobre los problemas del sector obrero urbano denuncia Bustamante la situación dramática -de injusticia y postración- de los trabajadores ambulantes. La solución de ese drama consistiría, en su opinión, en elevar su nivel de formación, capacitarlos en oficios definidos y promover el trabajo estable y defendido por la legislación social. Definitivamente en este punto se adelanta a plantear caminos de solución acertados ante un problema que hoy se manifiesta mucho más dramático y que no sólo no ha encontrado respuestas serias, sino que ha sido manipulado ideológicamente. Está visto hoy que, con la esforzada idealización del 'comerciante informal' -eufemismo recaída sobre el ambulante- se pretende justificar su situación social, sin atacar la raíz del problema, que es la falta de una política que promueva la industria, el agro y el desarrollo económico en general, lo cual, en la práctica implica aceptar y alentar mayor desprotección y abandono a estos sectores.

Aspecto importante de su reflexión es la situación de la clase media, a la que considera un espacio de integración y promoción cultural. Ve con esperanza que, en la medida en que se fortalezca y amplíe, aportará a la nación un criterio más democrático y solidario que favorecerá la integración económica y cultural entre los grupos sociales más distantes.

Si quisiéramos sintetizar los caminos que señala Bustamante para alcanzar la justicia en la sociedad peruana, podríamos concluir en los siguientes: Respeto de los derechos de la persona humana y de las garantías y condiciones para su desarrollo pleno; asumir el concepto de desarrollo como un proceso integral, que comprende todas las dimensiones del hombre y a todos los hombres; priorizar la educación y la promoción de los valores culturales, camino indispensable para la evolución de cualquier sociedad; la actuación del Estado como promotor subsidiario y respetuoso de la libertad humana; reconocer el desarrollo económico como fruto de un proceso evolutivo -y no revolucionario- cuya finalidad no son las cifras económicas, sino el hombre concreto; fortalecer las instituciones sociales, legales, culturales y políticas, como garantía de estabilidad y fundamento del orden social; impulsar una necesaria renovación moral en los ciudadanos que les aliente a descubrir y practicar los valores profundos de la existencia humana; y, finalmente, asumir como ideal de la sociedad el diálogo y el esfuerzo hacia el consenso, para que los diversos grupos sociales se integren solidariamente.

Sin duda, lo antedicho constituye un programa de principios sociales que, a pesar de la distancia que nos separa del momento en que fueron pronunciados, mantienen vigencia irrevocable. El vigor de estos principios obedece a que se derivan de una visión integral del hombre pero, fundamentalmente, a la constatación que todos los días hacemos: que esa deprimente y mísera realidad social sigue subsistiendo -y agravándose- y reclama de nosotros romper la indiferencia y el ciego conformismo.

Democracia y Demagogia – Hoy continúa la lucha por la democracia en el Perú – por José Luis Bustamante - Oiga 17/01/1994

El programa cívico expuesto en su "Mensaje al Perú" registra una serena precisión institucional y numerosas advertencias sobre la democracia como problema fundamental en el Perú. El Ejecutivo, según él, debe dotarse de ancha autoridad y entereza en el mando, buscando el prestigio de sus facultades y la legitimidad de sus actos en el respaldo de la Constitución y las leyes. De ningún modo significa respeto a la ley aquellos "ukases legislativos que consagran la fuerza como instrumento gubernativo". Solo entonces el gobernante "será la antítesis de la demagogia" Palabras firmes y certeras que parecen escritas para hoy.

SABEMOS que en buena parte de América latina el régimen democrático es más bien un patrón político al cual nos mandan ceñir nuestras Constituciones, que una realidad lograda en el ejercicio del gobierno las nuestras suelen ser, a menudo, democracias de etiqueta cuyo desenvolvimiento real perturban la ignorancia de las masas, el individualismo exagerado, la demagogia de los políticos o la ambición de los dictadores. Pero hay, sin ninguna duda, un fondo democrático en el alma de nuestros pueblos: el aprecio de la libertad, la ilusión orgullosa del voto, el arraigo de la institución parlamentaria como expresión del sentir provinciano, la repulsa popular contra los privilegios.

Sería pueril, sin embargo, pretender que en pueblos jóvenes con rasgos peculiares y diferentes grados de civilización, la democracia -en cuanto tal- funcione según el molde clásico. Registrará variantes que reflejan las características nacionales y las etapas evolutivas.

El Perú puede, pues, llegar a poseer una democracia de fisonomía propia. Pero una vez establecidos los Poderes Públicos por esas pautas democráticas, debe cuidarse" de dotar al Ejecutivo de una ancha base de autoridad, de una inequívoca potestad de imperio. Precisamente por ser jóvenes, aquellos pueblos en que aún no han llegado a plasmarse solidariamente las instituciones acusan instintos de insurgencia, de individualismo arbitrario, de reacciones primitivas. El hervor de la sangre rebosa el rígido contenido de las normas. La disciplina cívica no se aviene con el libérrimo laberinto del bosque. Y en este medio rústico, todavía un poco informe, suelen campear -por otro lado- el egoísmo y la prepotencia de las 'élites' sociales que sienten el país como enfeudado a sus caprichos. Ambos extremos abusivos han de sofrenar el gobierno para que la obra de estructuración nacional no se frustre; pues si la subversión y el privilegio la perturban o desnaturalizan, ningún programa de progreso democrático puede cumplirse en el país. Legítima es, entonces, la intervención reguladora y firme del Poder. Tenemos, pues, que afirmar entre nosotros el régimen presidencial; y más si se considera que en todos los Estados, sean viejos o nuevos, las complejidades de la organización política moderna, el formidable empuje de la industria, la tensión entre las fuerzas del trabajo, la pugna de ideologías son otras tantas amenazas suspendidas sobre la estabilidad y la tranquilidad sociales y exigen, por lo mismo, legítimos recursos de aquietamiento y equilibrio.

La entereza en el mando ha de ser, pues, atributo obligado de las democracias modernas. El respeto a las libertades públicas no quiere decir debilidad o laxitud ante la infracción, porque así degenera y se desprestigia la potestad del gobierno. Pero, ¿dónde buscará el Poder Público el vigor de su autoridad? En el respaldo de la ley. Son las leyes las que han de orientar sus actitudes y demarcar sus facultades. Dicho está que me refiero a las leyes dignas de este nombre, que sean expresiones de la justicia y el derecho; no úkases legislativos que consagran la fuerza como instrumento gubernativo. No es cierto que la ley carezca de eficacia para contener el abuso; nadie reprime el crimen o impone sanciones con mayor seguridad moral, con más tajante firmeza, que aquel que se siente dueño de una razón jurídica. Y aquí cabe referirse al funesto error de aquellos llamados 'demócratas' de nuestros países latinoamericanos que, desconfiando de las leyes, piden a voces un caudillo o prefieren el 'paternalismo' de una dictadura por temor al desborde de las libertades populares. Estos tales olvidan -como lo ha dicho WaIter Lippman (The Public Philosophy')- que "los principios de una buena sociedad no residen en la fuerza bruta ni son circunstanciales o escogidos al gusto de cada cual, sino que se encuentran en normas mas altas y permanentes inscritas en la ley natural, base de la filosofía política de toda verdadera democracia". Por eso "los gobiernos demócratas deben su primera lealtad a la ley y a los deberes de su oficio o función, antes aun que a los electores que los llevaron al poder". He aquí al columnista norteamericano, criterio lúcido y práctico, no sospechoso por cierto de 'abogadismo', convertido en campeón y vocero de esa 'juridicidad' tan combatida y ridiculizada en la etapa política del 1945 y 1948.

Esta concepción de una autoridad del Estado basada en la leyes la antítesis de la demagogia, que pide una autoridad basada en el histerismo de la opinión pública, o en la explotación de las pasiones populares. La demagogia es el peor enemigo de la democracia porque conduce a uno de los dos extremos: o el gobierno se somete al griterío de la calle, y entonces es la anarquía y no la ley la que prevalece; o acude a la fuerza para sofrenar la histeria, y entonces sobreviene la dictadura. Acaso esté aquí la clave del atraso de nuestra formación democrática; porque en el Perú se ha hecho demagogia de derecha y de izquierda: la una para suscitar terrores contra el peligro de las masas, la otra para encender el odio contra las clases reaccionarias y pudientes. El resultado ha sido siempre el mismo: el golpe militar, dado en nombre del orden público. La fuerza usufructuando la ceguera de los miedosos y de los fanáticos. Tócanos, por eso, proscribir la demagogia de nuestros hábitos políticos si queremos alcanzar una verdadera democracia. La demagogia es recurso ya gastado y anacrónico en estos tiempos en que la conciencia cívica, de más en más madura, no acepta tretas ni cae fácilmente en el engaño; y en que la función de gobernar se ha hecho tarea técnica y no concurso de ambiciones o plebiscitos de exaltados pareceres. Ha pasado la época en que el gobierno se vestía con el lirismo de las barricadas o arengaba desde las tribunas de la plaza pública. Hoy se gobierna consultando estadísticas, haciendo cálculos de producción y consumo, comparando niveles de vida, tratando de preservar la posición del Estado en el complicadísimo ajedrez internacional. Frente a la seriedad de estos problemas, la demagogia no se concibe. Resulta despreciable. Atenta contra la normalidad del Estado. Ella sólo procura halagar a una masa electoral; pero la verdadera democracia sabe que su misión es, responder por el destino del país. Por eso se comprende que el demagogo, sea gobernante o político, se deba ante todo a sus electores, a cuya sombra medra; pero el gobernante demócrata se debe sólo a la ley. De ella extrae su prestigio y su fuerza.